In memoriam

miércoles, 23 de mayo de 2012

Música recomendada: Drop of light, de Solatorobo OST.



                Cuánto tiempo ha pasado, ¿eh? No mentiré, no se me ha pasado rápido. La verdad es que ha sido lento y tedioso, pero hemos llegado hasta aquí. Paso a paso, el camino se hace y aún nos queda mucho por recorrer. Sí, esto es más propio de Reisei que de mí. Por desgracia, ella tampoco puede estar aquí ahora mismo…
Se te echa en falta. Todos te necesitan. Ahora más que nunca.               Ojalá estuvieras vivo. Ojalá nunca te hubieras marchado. Contigo, las cosas hubieran resultado mucho más sencillas. Siempre sabías qué es lo que había que hacer. Yo soy un simple aficionado en comparación. 
                ¿De verdad Blast acabó contigo? ¿De verdad fue el causante real de tu muerte? Ahora hasta eso lo tengo en duda.
                Nada tiene sentido, nada. Todo está inconexo, todo son cabos sueltos y, aunque disponga de toda la información en una pequeña cajita, abrirla sería como destapar la caja de Pandora.
                «La información podrá contigo.»
                Eso es lo que dijo Hydros. Seguramente, con toda la razón del mundo. Lo que ocurrió la última vez lo demuestra. Los poderes de un mentalista son armas de doble filo. Son tremendamente útiles para obtener información. Pero, en ocasiones, no es bueno conocer aquello que no deseas saber o, al menos, que no eres capaz de asimilar.
                La primera vez que entré en la finca que heredé casi sin querer de mis padres, los Hunter, casi no salgo vivo. La avalancha de recuerdos que la explosión enterró y que la mente de un niño de ocho años olvida para proteger su propia integridad no fue mucha, sino demasiada. Tanta, que casi pierdo la razón.
                Lo peor de todo es que… eran buenos recuerdos. Y alguien me los quitó.
                Pero tú estuviste siempre a mi lado, ¿verdad, Taka? Sabías qué era yo, quién era yo. Sabías lo que me hicieron, sabías todo lo que se podía llegar a saber sobre mí, y no te importó.
                Me acogiste cuando lo necesité, me enseñaste a ser fuerte cuando todavía no sabía serlo. Dejaste que me enfrentara a mis fantasmas yo solo, porque sabías que era la única forma de que los superara, aunque existiera el riesgo de que ellos me vencieran a mí.
                Siempre me conociste mejor que yo mismo. En cierto modo, compartimos la misma sangre. Como bien me sugirió Hydros, todos me ven como tu heredero. Por desgracia, me dejaste el listón demasiado algo, Taka. Demasiado alto.
                Por más que salto, no logro alcanzarte…

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«Continuará.»

lunes, 21 de mayo de 2012

Música recomendada: Runaway 3, de Vera Dominguez. 



La mujer cruzó el pasillo hasta su escritorio con las carpetas de su última investigación. En muy poco tiempo, había descubierto y pulido hasta la perfección su arriesgada faceta de periodista. En sólo seis meses, había conseguido desmantelar una de las organizaciones más importantes ligadas al Sistema. Hizo saltar la tapadera, dio las evidencias suficientes como para que el resto del mundo supiera qué era lo que en realidad sucedía y, después, esperó. Encendida la primera chispa, era muy difícil que el polvorín entero no ardiera. Sucedió exactamente eso y, de la explosión, su carrera se impulsó.
Sin embargo, ¿era eso lo que ella buscaba? ¿El éxito? No, ni mucho menos. Eso es lo que hubiera querido antes, pero no en ese momento. Ella era una persona muy distinta. Había pasado por tantos nombres, por tantas personas diferentes, había evolucionado tanto que… que ya ni siquiera podía seguir llamándose igual.
Cada vez que pensaba en ello, sonreía. Porque ahora les comprendía a todos. Ella ya no era Roxanne Engels, ni Kate Johnson. Ni siquiera era Ángela Ross, como decía su DNI. Para los que de verdad importaban en su vida, ella era Argéntea, y así lo seguiría siendo. A pesar de que hacía mucho tiempo que no veía a ninguno.
Era mejor así. Era mucho mejor así. Ella les ayudaba, les proporcionaba la información que necesitaban. Así, ellos peleaban en el frente en el que ella no era capaz de estar. Sus habilidades no estaban hechas para la lucha, pero podía apoyar mucho desde esa altura, desde el principal y cada vez más fuerte rival de la FifthStar, el próximo objetivo que derribaría.
Pero a quién iba a engañar, les echaba de menos. Sobre todo… sobre todo a él. Al que, sin lugar a dudas, nunca más volvería a ver. Desapareció, se lo tragó la tierra. Nadie supo jamás qué ocurrió en la pista de la azotea, solo que Raven nunca bajó. Ni siquiera Cyan, por más que se esforzó en atar los hilos del tiempo, ni siquiera Libra, con su Dama Fortuna fuera de la funda.  Nada. Simplemente, ya no estaba.
Reisei le buscó al otro lado. No le encontró. Era buena señal en todos los aspectos pero, como le sucedió a Ivy, eso no la alivió en absoluto. Y, a pesar de lo desalentadora que se presentaba la situación, ella mantenía la esperanza. La mantenía y se alimentaba de ella como si de una droga se tratara.
Quizá, algún día; quizá, cuando todo se tranquilizara; quizá, cuando la lucha acabara…
Suspiró de resignación cuando sintió la presión en el pecho y apartó el tema de su cabeza al instante. No era momento para ponerse sentimental.
Se sentó en su silla, sacó las hojas, empezó a leer y releer la información que le proporcionó uno de sus contactos (una chica rubia que aún se empeñaba en llevar dos coletas). No quedaban cara a cara nunca, para protegerse mutuamente. Recibía toda la información por correo certificado y sin remitente. En cada entrega, siempre había un pequeño sello en la solapa del sobre, en la parte de dentro. Sólo se veía bajo determinadas frecuencias, que ella tenía en la linternita que colgaba siempre de su llavero. Era su particular marca secreta para asegurar que la información era buena.
Ese día esperaba un nuevo paquete. Tenía que llegar en pocos minutos. Sería la clave para poder iniciar la acometida contra la cadena. Esta vez, lo conseguiría.
Dicho y hecho, al fondo ya veía al chico del correo. Dean, el repartidor habitual, estaría de vacaciones. Las tenía bien merecidas, la verdad. Era un chico muy trabajador.
Pronto, el chico llegó a su escritorio. Le tendió un fajo de sobres, eran más de los que se esperaba. No obstante, enseguida identificó el que a ella le interesaba. Todo estaba bien. Firmó en la línea de puntos, se despidió y el chico se marchó.
Dejó los sobres en la mesa. Esparció su correo en el escaso espacio que quedaba y se abalanzó a por él. Sin embargo, cuando ya estaba abriendo la solapa para comprobar la veracidad del mismo, algo la interrumpió. Había una carta muy especial en la que acababa de reparar. Como el sobre que tenía entre manos, no tenía remite. De hecho, no tenía ni dirección. Sólo aparecía un nombre. El suyo.
No era Ángela, no era Kate, no era Roxanne. Ponía Argéntea. Estaba escrito a mano. Conocía esa caligrafía.
Nerviosa, lo cogió y los sostuvo en las manos. No había duda alguna sobre quién lo había escrito.
– No puede ser… – murmuró mientras empezaba a abrirlo.
Pero lo que encontró dentro sólo se lo confirmó.
Se trataba de una carta de póker. Un as de picas. Por detrás, en el reverso, había un dibujo negro, de una pluma. Estaba manchada de sangre.
Esa carta, esa en concreto, era la que ella misma recogió la primera vez que peligró su vida. Esa que jamás supo dónde terminó. Solamente una persona podía habérsela dejado. Una que sabía exactamente lo que ese encuentro significó para ella.
Entonces se dio cuenta de que había algo más en el sobre. Un pequeño papelito doblado por la mitad. Lo sacó y lo desplegó.
En cuanto lo leyó, una sonrisa anidó en sus labios. Sintió ganas de gritar, de llorar, de reír a carcajadas, pero no hizo ninguna de ellas. Allí la observaban.
Alzó la cabeza, en busca del repartidor. Le vio al fondo del pasillo. Igual si le preguntaba quién le había dado el paquete…
– No puede ser – dijo en alto, al darse cuenta, tarde, del detalle más importante.
Dean en ningún momento había estado de vacaciones.
Ese caminar recto y elegante, esos movimientos ensayados hasta la saciedad, ese pelo, negro. La coleta y la gorra la habían despistado.
Salió corriendo, sorteando a todos sus compañeros en el abarrotado pasillo. Él ya estaba girando en la esquina, en dirección a los ascensores.
Corrió con más fuerza, vio cómo él giraba.
– ¡Espera! – gritó.
Él se dio la vuelta, la miró, sonrió.
Continuó.
Entonces, ella llegó. Tarde.
Al girar la esquina, sólo vio el uniforme de repartidor en la papelera más próxima. De él no quedaba ni rastro.
Respiró hondo, le faltaba el aire. Ya ni se acordaba de lo difícil que era correr con tacones.
Se apoyó contra la pared, mientras observaba el uniforme de repartidor.
Lo había tenido delante, lo había tenido delante y ni siquiera lo había mirado.
Aún llevaba la carta en la mano. Ni siquiera se había preocupado de dejarla. El papel se había arrugado, pero lo pensaba conservar de igual manera. En él sólo había una palabra escrita, pero a ella le era más que suficiente.
– “Continuará”, ¿eh? – leyó en alto –. Me estés escuchando o no – le dijo entonces al aire –, que sepas que te tomo la palabra.
La próxima vez, le atraparía.
Se rio ante su nuevo desafío autoimpuesto.
«Él es el Cuervo. Nadie puede atraparle.»
                Pero ella lo lograría.

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Mi reina, mi diosa, mi tormento.

miércoles, 9 de mayo de 2012


Tú que anidas en mi locura, tú que moras en mis sueños.
Me has quitado todo, me despojaste de mi imperio.
Me matas con tu presencia, me torturas con tu deseo.
Con cada palabra tuya, revivo; con cada aliento, muero.
A cada paso que me alejo, me atraes con tu veneno.
Cuando huyo, me encuentras; cuando te busco, te pierdo.
Creo que te olvido, creo que te supero,
y entonces, dañina, me abrasa tu recuerdo.
Por ti me abandono a la demencia y aun así me mantienes cuerdo.
Desde las sombras te miro y no sabes que te observo.
A veces tan cerca, al roce de mis dedos,
y otras, caprichosa, eternamente lejos.
Cuando creo que te alcanzo, te esfumas como el viento.
¿Y aún me preguntas quién eres?
Mi reina, mi diosa y mi tormento.

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Estrellas

martes, 1 de mayo de 2012

OST recomendada: Amrita, de Yui Makiko. 


Para MiSkAsHiTa. 


            El día ha sido el más agotador de toda mi existencia. Y el maldito cubo de nieve se niega a derretirse ni aunque se lo pida a gritos. Es frustrante. Usar los poderes de otra persona a propósito es demoledor. Era más sencillo cuando me salía solo. Pero claro, eso era confiar demasiado en la suerte del principiante, ¡y tan principiante! Aunque ahora tampoco es que sea una experta. No he hecho demasiados progresos, no lo suficientes para que puedan considerarse útiles. Cuando estábamos con el agua me salía algo mejor. Pero el fuego… el fuego me da un poquito de miedo, para qué negarlo. 
Empujo la puerta de la entrada. Ya le he cogido el tranquillo. Los primeros días era imposible que yo entrara en casa sin ayuda. Ahora ya me sale. El truco está en presionar hacia abajo el pomo. Así se desatranca sin tener que darle golpes.
Dejo las botas de Silver en una esquina (las de calaveritas) y me pongo unas zapatillas de casa que oportunamente metí en la maleta. Fue una gran casualidad, de la cual me alegro. Necesitaba algo cómodo y calentito después de un día entero en la nieve.
Respiro hondo y voy al salón. La chimenea está encendida, pero no hay nadie. No sé de qué me sorprendo, aquí todo el mundo entra y sale cuando le da la gana. A veces, ni siquiera coincidimos todos para comer o cenar.
En ocasiones, Raven y Chuwi desaparecen durante el día entero, regresando bien entrada la noche medio congelados de frío, y me da la sensación que sólo por no morir de hipotermia. Irónicamente, los dos parecen satisfechos con sus hazañas. No tengo ni idea de a qué entrenamiento somete Raven a Chuwi, pero tanto alumno como maestro parecen contentos, algo que no puedo decir yo con Avalon. O no de momento…
            No, no es que ella no sea buena maestra. Creo que yo soy la mala alumna. Todo lo que me pide es tan abstracto para mí que no sé seguir sus instrucciones tan bien como cabría esperar. En fin, no quiero pensar más en el tema.
Me quito la chaqueta y la cuelgo del perchero. Después subo las escaleras hacia el segundo piso. Entonces, al pasar por la ventana del piso superior, siento un profundo escalofrío. Al girarme descubro cómo ondea la cortina, mientras la brisa invernal se cuela en el interior, echando al calor.
Resoplo, frustrada. Cuando se acabe la leña y haya que buscar más, se quejarán.
Me acerco de un par de zancadas y me dispongo a cerrarla, cuando descubro que hay alguien fuera, sentado sobre el tejado, arrebujado en una manta sobre la que descansan pequeños copos de nieve.  
– ¿Raven? – pregunto inconscientemente.
Él se vuelve al escuchar su nombre. Parece sorprendido, pero después suaviza el gesto, me sonríe, y el aire se congela durante un segundo en mis pulmones.
– Hola, Roxanne. No he notado cuando has vuelto.
– Ya, bueno, la puerta y yo cada vez nos llevamos mejor – bromeo, y me apoyo en el alfeizar.
                – Me alegro de escucharlo – dice mientras se vuelve al frente, para seguir oteando el paisaje nevado.
                Está empezando a anochecer.
                – ¿No es peligroso andar por los tejados tras una nevada? – pregunto.
                – He hecho cosas peores, créeme – contesta él.
                – ¿Y qué es lo que haces exactamente?
                – No lo sé. Pensar, quizá. Observar el paisaje, el cielo. Desde la ciudad no se pueden ver las estrellas.
                – ¿Puedo acompañarte? – pregunto entonces
                – Adelante – responde él.
                Su respuesta me sorprende. Dudo durante unos segundos, pero al final termino colocando el pie sobre el alfeizar y me impulso para poder salir. Las zapatillas de casa hacen la tarea un poco más difícil, así que voy con pies de plomo y calculando al milímetro mis pasos.
                Él me tiende la mano, para ayudarme a tomar asiento. Hace fresquito. Tonta de mí, se me ha olvidado el abrigo dentro. Al final, me pondré enferma, lo veo venir. Pero volver a por él para molestar más a Raven tampoco me parece una buena opción.
                De repente, algo calentito me cae sobre los hombros. Me sonrojo levemente cuando descubro qué es lo que ha pasado. Raven ha compartido su manta conmigo.
                – Gracias – murmuro.
                Espero que el rubor de mis mejillas pase desapercibido por el frío.
                – De nada – contesta él, volviendo a sus estrellas.
                Para ser sinceros, es la primera vez que me paro a mirarlas con tanto detenimiento y simplemente por placer. Aquí parece que brillan más. Es bonito.
                Sin querer, se me escapa un suspiro. Rápidamente, me apresuro a taparme la boca con las manos. Pero es tarde. A mi lado, Raven me mira.
                – ¿Qué te pasa? – pregunta.
                Como no contesto, termina mirándome.
                – ¿Pasa algo? – insiste.
                – No, no. Nada – digo yo.
                Con cada una de mis palabras, veo cómo una nubecita de vapor se escapa de mis labios.
                – Es sólo que… – sin querer bajo un poquito la voz – que nunca me he parado a mirar las estrellas.
                – Yo tampoco – responde él –. No como aquí.
                Me muevo un poco, me está empezando a doler todo del frío.
                – ¿Estás incómoda? – pregunta, sin perderse detalle.
                – No estoy acostumbrada a sentarme en tejados…
                – La verdad es que éste es bastante cómodo. El de tu antiguo piso era un suplicio. Nunca me he llevado bien con la arquitectura moderna.
                – ¿Cuántas noches has pasado apostado en mi tejado?
                – Muchas – contesta él sonriendo, y no necesita decirme más.
                «Muchas.»
                Las puedo contar por decenas, y corro el riesgo de quedarme corta.
                Tras un rato en silencio, me dedico a observarle. Parece más relajado que otras veces que le he visto, pero sigue sin estar en paz consigo mismo. Ojalá pudiera ayudarle yo por una vez, aunque sea sólo un poquito.
                – ¿En qué piensas? – pregunto sin poder contenerme.
                – En nada en concreto – responde él encogiéndose de hombros.
                Ya, claro. En nada en concreto. Por eso a ratos frunces el ceño.
                – ¿Eso es otra forma de decir “no es necesario”? – pregunto.
                – No – niega él –. Era la verdad. Estaba… – se para en seco –. Ven – dice entonces –, dame la mano.
                – ¿Darte la mano? – repito confusa.
                – Sí, de otra forma no ibas a creerme. Dámela – me lo vuelve a pedir.
                Un poco confusa, termino cediendo. Él me la coge con suavidad. Noto la aspereza de sus dedos. Al principio no entendía cómo un oficinista podía tener unas manos así, ahora lo tengo muy claro. Son el fruto del esfuerzo, de salvar la vida, de entrenar a muerte consigo mismo, sólo para que no le fallen en un momento crucial.
                Entonces, dejo escapar una exclamación de sorpresa. ¿Qué es lo que pasa? Escucho…
                – ¿Lo sientes? – me pregunta.
                Asiento con la cabeza. Él me mira.
                – Sí, sí que lo siento – repito –. ¿Qué es esto?
                – Personas. Sueños, tal vez. Pensamientos fugaces, igual. La verdad es que no tengo ni idea. Sólo sé que en alguna parte, una niña es feliz con un perro. Su madre, en la cocina, ya está empezando a hacer la cena. Su padre está a punto de volver del trabajo, pero ella todavía tiene que hacer los deberes para el día siguiente.
                Se para y sonríe, yo también. Porque, por una vez, sé qué es lo que viene a continuación.
                – No le gustan las matemáticas – sigo yo –. De hecho, mañana tiene examen, pero no se lo ha contado a sus padres. Cree que, con un poco de suerte, seguirá nevando toda la noche y entonces igual no puede ir al colegio porque no podrá salir de casa.
                Termino riendo en alto, a carcajadas. Y me paro de pronto.
                Eso ha sido… extraño. A mi lado, sé que Raven, que aún no me ha soltado, me está mirando.
                – Es la primera vez que te escucho reír de verdad desde que…
                – Sí, lo sé – le interrumpo –. Desde aquel día en que quedé para comer con tu alter ego.
                El asiente.
                – Se echaba de menos – comenta él.
                Yo le miro, dudando.
                – Las risas – me aclara.
                – Ah, ya. Claro – murmuro.
                «Las risas.»
                Despacito, quito la mano. Cuando el contacto se rompe, siento un nuevo escalofrío que me recorre la columna y hace que me estremezca.
                Creo que es mejor que vaya pensando en volverme dentro. El ambiente se está enfriando cada vez más (y no me refiero sólo por la compañía). Creo, además, que hoy me toca hacer la cena. Puedo hacer la sopa que me enseñó a preparar Reisei. Algo calentito para un día de nieve. Algo que reconforte el espíritu, que a todos nos hace falta.
                Me agarro los hombros, para tratar de entrar un poco en calor antes de abandonar el refugio de la manta de Raven. El camino hasta la ventana se me antoja interminable a pesar de ser sólo un par de pasos.
                Al fin me armo de valor, estoy a punto de retirar la manta, cuando lo pierdo al instante siguiente. Cuando Raven pasa su brazo izquierdo por encima de mis hombros para pegarme más contra él. Pero… después se le olvida quitarlo.
                – Acércate, tonta. Que te estás quedando fría.
                A partir de ese instante, ya no me importa nada más. Ni siquiera que esté empezando a nevar. 

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