El sepulcro de hielo

viernes, 28 de diciembre de 2012


Nuevo proyecto en el que me estoy empezando a centrar a la par que Raven. 
Espero que os guste cómo pinta ;). 
La canción que he escogido la voy a dejar con un link, puesto que el reproductor ha muerto de forma definitiva, y es  "Find your way", del FFVIII



El jefe de la guardia suspiró. Parecía que ese era el lugar, así lo indicaban los primeros arcos de hielo a cielo abierto que conducían hacia la puerta diamantina. Le había costado llegar más de lo esperado, y eso que ya le habían puesto sobre aviso acerca de la dura travesía hacia las Tierras del Invierno. Sin embargo, tenía que verlo con sus propios ojos. Tenía que verle por última vez, a pesar de estar sumido ya en el Sueño Eterno. Más de una vez casi había sucumbido a la Tristeza, casi, pero no por nada había llegado tan lejos en sus aspiraciones. Así fue como sobrevivió a los páramos. Así es como llegó a la prisión.
Bajó de su montura y caminó por la nieve. La armadura brillaba  con el destello del sol de invierno. Con cada paso, la nieve virgen crujía bajo sus pesadas botas. Cada vez que respiraba, una nube de vaho le recordaba la temperatura a la que se encontraba. Por suerte, había sido previsor. Viajaba con la indumentaria adecuada y un par de encantamientos de emergencia. Además de chocolate. Aunque no lo había llegado a probar, podía haberle salvado la vida al luchar contra el pesar que impregnaba cada copo, cada trozo de hielo.
La nieve caía, impasible. Era consciente de cómo iba cubriendo sus hombreras y anidaba en sus cabellos. Decían que nunca dejaba de nevar, que era el castigo de esa región por las afrentas pasadas. Había quienes afirmaban que eran lágrimas congeladas. Quizá por eso, pensó, la gente de las nieves siempre parecía melancólica y alicaída. Seria y de tez grisácea. Pero él también se sentiría así si tuviera que vivir en un lugar como éste, velando los sueños de los condenados. Porque era lo único que hacían allí. Ellos eran los carceleros de los Dormidos, los Penitentes. Aquellos que estarían lamentándose de su falta eternamente. Un destino, a su parecer, mucho peor que la muerte, que el desvanecimiento, que el olvido. Quizá esa tristeza, la de los propios reos, su sufrimiento, era lo que hacía precisamente que nevara por siempre. Todo podía ser. Causa y efecto, muchas veces se funden y se confunden.
Se llevó la mano al pecho antes de cruzar el último de los arcos. Ahí la congoja, la presión, era mucho más intensa. Era agónica. Pero se armó de valor y avanzó. Ya había llegado demasiado lejos para echarse atrás.
Al fin, llegó a la puerta. Allí ya le estaban esperando. Eran dos, de raza nívea, lo sabía sólo por los párpados blanquecinos y los ojos azules, pues se hallaban cubiertos de pies a cabeza. Los dos lucían armaduras de la guardia invernal y enarbolaban pesados báculos con brillo glacial.
– Le estábamos esperando, señor – murmuro el primero de ellos –. Mi nombre es Zholt. Espero que no haya tenido problemas para encontrar el lugar.
– No demasiados – mintió, pero no tenía ganas de rememorar la travesía. Se resumía en frío, ventiscas y hielo. Y mucha nieve. Nieve por todas partes –. Soy Alisthar Filocertero, guardia de la Casa del Mediodía.
– Lo sabemos – contestó el segundo –. Mi nombre es Sohrem y hoy seré su guía. Acompáñeme, por favor.
Diciendo esto, alzó el pesado báculo, que centelleó en un breve parpadeo. Al instante siguiente, toda la puerta empezó a desprender un enigmático fulgor. Ni siquiera Alisthar había contemplado algo parecido durante sus años sirviendo a la Corte. No puedo evitar que se le escapara una media sonrisa de aprobación.
Entonces, la puerta comenzó a abrirse sola, como empujada con una gran fuerza invisible, dejando al descubierto el inicio de un pasillo de cristal custodiado por un centenar de columnas translucidas que se retorcían hasta el alto techo. Allí volvían a estar una vez más los arcos.
– Aquí la magia es poderosa. Aquí duermen muchos sueños truncados, y muchas más pesadillas. Por eso no debe entrar nunca sin un guía. Podía desorientarse y perderse y acabar como ellos…
– Es bueno saberlo – observó él ante el poco alentador consejo.
Sonaba aterrador, a pesar de ser totalmente cierto.
En cuanto ambos cruzaron el umbral, la puerta se cerró tras ellos. Durante unos instantes se hizo la oscuridad, a excepción del tétrico báculo que Sohrem sostenía con firmeza y convicción.
                Entonces, los arcos comenzaron a brillar tenuemente, marcando el camino a seguir.
                – Interesante… – murmuro Alisthar.
                – Se lo dije, señor. Magia antigua – dijo Sohrem a su lado mientras echaba a caminar.
                – ¿De cuándo data este lugar?
                – No lo sabemos, señor. Es anterior a un momento que alguien pueda recordar.
                Alisthar asintió. Sí, era uno de esos lugares ancestrales anterior a la unión de las Cortes, anterior a la Tregua, cuando la magia era salvaje. Pero la Unión había sido necesaria para no terminar destruyéndose unos a otros y la Tregua había sido la solución. La misma que ahora pendía de un hilo debido al sujeto por el que había decidido viajar hasta ese maldito agujero helado.
                Al final del largo pasillo empezaban las escaleras de cristal hacia las entrañas de la tierra. Los peldaños flotaban equidistantemente con elegancia. Sohrem fue el primero en entrar y, al igual que con los arcos, ésta vez fue la superficie de los peldaños la que comenzó a desprender un suave fulgor. Sin embargo, era más tenue que el de los arcos. Ahora lo que más brillaba era sin lugar a dudas el báculo del vigilante.
                Sin rechistar, Alisthar siguió a su guía. Vigilaba en todo momento dónde ponía los pies, por miedo a caerse. Sin embargo, cuando Sohrem le aseguró que los escalones sólo caerían ante una gran brecha en el flujo de magia, al fin se pudo centrar en la verdadera naturaleza del oscuro túnel que estaba recorriendo. Cuando se alzaba la mirada del camino luminoso, su verdadera naturaleza se revelaba.
                Las paredes eran traslúcidas. En ellas, encerrados en ataúdes helados, en prismas eternos, dormían los Condenados. Distinguía razas, formas, vestidos, armaduras, joyas, épocas, eras. Nada de eso importaba en un lugar como ese. Porque dormirían allí eternamente.
                Por suerte, el muro no le dejaba ver sus rostros. Sus identidades permanecerían perdidas en el anonimato de ese devastador lugar. Hasta consumirse ni recordar siquiera quiénes fueron.
                – ¿Cuántos hay? – preguntó Alisthar manteniendo firme la voz a pesar de la sorpresa.
                – Miles.
                – ¿No hay un número más exacto?
                – Puede, pero hace siglos que dejamos de contar. Hubo una época en que venían demasiados. Ahora es casi un hecho insólito.
                – La época de las Cortes.
                – Así es, señor.
                La escalinata parecía eterna y la sensación de opresión estaba atormentándolo cada vez más. Ese lugar realmente era capaz de hacer recordar al alma más pura sus peores faltas.  Hasta aquellas que él mismo había olvidado volvían a su mente con más fuerza. Llegado a un punto del camino, se vio obligado a parar. Si seguía empeorando a ese ritmo, la tristeza le consumiría antes de ser capaz de poner frente a frente con el sujeto. ¿Había llegado tan lejos para tener que dar la vuelta?
                – ¿Se encuentra bien?
                – ¿Cuánto falta? – contestó él.
                – Demasiado para su estado – respondió el vigilante sin pizca alguna de emoción en su voz.
                Realmente parecía que se les había helado el corazón. Podía ser la única explicación por la que ellos podían sobrevivir.
                – No voy a dar la vuelta… – empezó él.
                – No será necesario – dijo Sohrem mientras alzaba la mirada hacia su báculo.
                Lo inclinó levemente y la tenue luz se derramó sobre el abatido Alisthar. Al instante siguiente, el Pesar se aligeró. De repente, podía continuar.
                – ¿Qué me has hecho? – preguntó.
                – Le he ayudado un poco, señor, pero me temo que no durará mucho. Es mejor que nos apresuremos.
                – ¿Dónde está el prisionero?
                – Los más peligrosos son los que están más abajo. Tienen una cámara individual, para garantizar que no despierten.
                – ¿Tan peligroso creen que es?
                – Mató a un Rey – dijo él simplemente.
                Alisthar asintió y bajó brevemente la cabeza. Todavía no conseguía creérselo, no podía ser que existiera alguien con semejante poder. El Rey Grifo muerto, era prácticamente imposible. Por eso tenía que llegar al fondo del asunto. Tenía que enfrentar a aquel que urdió tal horrendo crimen. Estaba seguro de que ese individuo no actuó solo. Estaba seguro de que detrás de la muerte del Rey Luminoso se escondía una conspiración más profunda.
                Revitalizado por el efecto del báculo, se obligó a sí mismo a seguir a Sohrem. Sólo un poco más, un poco más. Entonces, al fin le tendría de frente.
                Tras lo que pareció una eternidad, al fin las escaleras terminaron. El frío parecía haberse incrementado con cada peldaño descendido. Incluso…
                Levantó la cabeza y miró a su guía. Éste no necesitó que dijera nada. Comenzó a responderle.
                – ¿Lo nota? Es el Sueño. Traspasa los límites de las prisiones, para asegurar que los reclusos no despierten. Avíseme a tiempo si cree que no puede soportarlo.
                – Está bien… – asintió él.
                De todas formas, no podía hacer otra cosa. No quería quedarse encerrado en ese lugar por siempre.
                – Por aquí – dijo entonces Sohrem.
                Comenzó a guiarle a través de un elaborado pasillo esculpido en la piedra, ¿o era hielo? La oscuridad le impedía tener más detalle. La piedra y el hielo podían confundirse en un lugar como aquel.
                Cada cierto tiempo, una llama azulada se prendía en los recovecos de las pareces.
                – ¿Fuego azul? – preguntó él.
                – Sí, fuego frío. No podemos arriesgarnos a traer calor.
                – ¿Desharía el Sueño? – preguntó extrañado.
                No podía ser tan sencillo. No podía tener un punto débil tan obvio
                – No, perturbaríamos a la magia.
                – ¿A la magia?
                – Sí, la Magia Antigua. Es demasiada para contenerla. El Sueño la mantiene bajo control, aletargada. El frío la mantiene estancada. El lugar y la magia están en armonía. Es mejor no tentar al destino y romper ese equilibrio.
                Alisthar se limitó a asentir. Sabía que era la Magia Antigua, aquella anterior a la unión, o más atrás, anterior a la primera separación. Se decía que ese tipo de magia nació con el mismo Ensueño, el mundo que originó los Reinos. Por eso, hacía mucho tiempo que se había olvidado la forma de controlarla. Simplemente, se la dejaba existir. Aunque quizá era más acertado decir que era ella la que les dejaba existir.
                Durante el avance, pudo contar varias puertas. Todas cerradas y con las juntas recubiertas de hielo, como si no si hubieran abierto en decenios, ni tuvieran intención de hacerlo en un futuro inmediato. En cualquier momento, podrían convertirse en parte de los muros y nadie lo notaría.
                Entonces, Sohrem se detuvo, y Alisthar le imitó.
                – Ya hemos llegado – anunció, y alzó una vez más el báculo.
                Dos enormes candiles se prendieron con llamas azuladas a ambos lados de una gloriosa puerta en la que se apreciaba con enorme claridad un mural helado de aquel que dormitaba en su interior. Se veían las alas, la capa negra destrozada, la capucha que no dejaba ver su rostro más allá de su boca, las enormes garras sosteniendo una espada, con la que se cree que mató al Rey, pero que jamás se pudo encontrar, y los rasgos de bestia. Sí, era una bestia. Tenía colmillos y ojos animalescos. Y todo sólo mirando a la puerta. Aun así, en ese mural hasta parecía más humano de lo que en realidad era. La expresión de sus labios era la de alguien sufriendo.
                – ¿También la magia? – preguntó refiriéndose a la puerta.
                – Sí, señor. La puerta siempre adquiere la forma de aquel que guarda.
                – ¿Por qué las otras que hemos visto no?
                – Porque esas eran sólo entradas a corredores secundarios. Esta es la mayor de ellas. La más segura.
                Él asintió una vez más. Tenía sentido. Todo lo que le había estado diciendo hasta ahora. Pero nunca había estado en uno de esos lugares y se sentía abrumado y perdido a partes iguales. Siempre se había considerado a sí mismo alguien con buenos conocimientos. A partir de ese día podía afirmar que tenía que romper sus propias barreras. Necesitaba saber más. Pero después de hacer lo que había venido a hacer. No sabía cuánto resistiría la barrera, y ya estaba empezando a ceder. La presión de la Tristeza estaba volviéndose más fuerte.
                – Adelante, ábrela – pidió.
                Con un golpe seco en el suelo del báculo, la puerta comenzó a abrirse, rompiendo el hielo que se había formado en sus bisagras, quebrando la escarcha de las juntas, haciendo que se desprendiera el relieve del mural.
                Dentro, como ya sabía, estaba él.
                La estancia era circular. En el suelo se podía observar el círculo rúnico que anclaba al prisionero a su prisión. De cada glifo mayor brotaban fantasmales cadenas que se enroscaban en torno al ataúd cristalino y, en el centro del círculo, en su prisma helado, se hallaba él. Esa criatura antropomorfa de especie inclasificaba e identidad desconocida. No se habían atrevido a despertarla para interrogarla. Había sido contenida por el mismísimo León Alado, el Rey Oscuro, que fue lo único que pudo hacer para vengar la muerte de su hermano. Llegó tarde para salvarlo, pero atrapó al traidor de su propia Corte.
                Se rumoreaba que podía haberse expuesto a varias maldiciones por propia voluntad para ganar poder. Se barajeó la posibilidad de que, simplemente, se descontrolara y enloqueciera por ser incapaz de manejar semejante poder. Otros dicen que vendió su alma al Olvido para poder urdir ese crimen. Los más atrevidos sugieren que fue mandado por el propio Rey que le dio caza. Pero esos rumores no llegaron a más, porque el Rey Oscuro ahora estaba sólo en el trono, pero no podría ocupar el lugar que su hermano gemelo dejó. Un rey para cada trono y ambos reinando como uno. Así era la regla y así debía mantenerse. No había ganado nada con el asesinato. Sólo perder un hermano y arriesgar la unión de las Cortes. No tenía sentido. Pero tampoco se había probado su inocencia. Simplemente se enterró bajo el hielo al mayor de los testigos y se tiró la llave de su celda.
                Todos tenían miedo de la ruptura de la Tregua, tanto que ni siquiera se habían hecho preguntas básicas. Como, por ejemplo, si el sujeto estaba maldito o si hizo el ritual del Olvido para aumentar su fuerza, ¿quién le ayudó a hacerlo, de dónde sacó ese conocimiento? O elementos más banales: ¿cómo se coló en las dependencias privadas del Palacio del Sol?
                Nada tenía sentido. Nada cuadraba. Faltaban piezas y él no sabía por dónde empezar.
                – ¿Puedo estar unos minutos a solas? – preguntó entonces.
                No se sentía demasiado cómodo pensando en temas como ese con el vigilante cerca. Era como si pudiera leerle la mente. Necesitaba pensar con claridad.
                – No podrá hacer que despierte, señor. Es imposible, además de una locura.
                – Lo sé, lo sé.
                – No podrá responder a ninguna de sus preguntas, señor.
                – Lo sé – repitió cansado –. Sólo necesito unos minutos. ¿Es posible?
                – Por supuesto, señor. Estaré fuera. Avíseme si necesita algo. No se entretenga demasiado, el escudo no resistirá.
                – Está bien – contestó él mientras observaba cómo Sohrem salía de la estancia y montaba guardia en la puerta.
                Suspiró, agotado, y observó cómo el vaho se escapaba de su boca. Sí, hacía frío.
                Alzó la cabeza una vez más hacia el prisionero. Tan cerca y a la vez tan lejos. Todas sus respuestas estaban congeladas en el hielo. Le habían quitado la capucha y podía ver su rostro, incluida la desfiguración de sus dientes, que sobresalían por sus comisuras y la gran cantidad de pelaje negro que, de forma antinatural, cubría sus facciones. Si sólo pudiera encontrar la espada…
                Ya le habían registrado, no la llevaba encima. Tampoco había mucho que esconder dado el estado de sus ropas. No parecían ser viejas pero, aun así, estaban muy deterioradas. Ni siquiera llevaba botas. De hecho, hubiera sido imposible que las llevara, sus pies (o patas) no tenían la forma apropiada. La camisa, o lo que quedaba de ella, estaba prácticamente hecha tiras y en el pecho… En el pecho.
                Una exclamación de asombro se escapó de sus labios. Por la posición de las manos, reposando sobre su torso, casi se le pasa por alto. De hecho, casi parecía que las manos estaban así por ese mismo motivo. Para que no se notara.
                Dio dos pasos, en dirección al reo. Trató de discernir, agudizó la vista. Estaba casi seguro de lo que veía. Casi. Si sólo pudiera tener una mejor perspectiva…
                La puerta crujió sobre sus bisagras y le hizo girarse con un sobresalto. Acto seguido, reconoció la silueta que cruzaba el umbral, majestuosa y gloriosa como cabía de esperar de alguien de su estirpe. Era a quien jamás esperaría ver allí. Aquel a quien ni siquiera había informado de su viaje. Como acto reflejo, hincó la rodilla en el suelo y se inclinó ante él. Aunque no fuera de su Corte, seguía siendo Rey. Ayron, el León Alado.
                – Mi señor… – dijo –. No esperaba encontrarle aquí.
                – Levanta la rodilla, Alisthar. No es necesario, nos conocemos desde hace demasiado.
                Abrumado, Alisthar obedeció. Nunca había tenido especial trato con Ayron. Siempre se había sentido más fiel a Eithan, dado que eran de la misma Corte. Por eso mismo se había arrastrado hasta el fin del mundo buscando… ¿buscando qué? De momento no tenía nada. Sólo un mal presentimiento y un par de extrañas casualidades.
                – Mi señor, no sabía de su visita.
                – Oh, pero yo sí de la vuestra. Vine para comprobar que todo estaba bien.
                – Sí señor, todo bien. Sólo necesitaba… tenerle delante – contestó, no quería dar mas detalles.
                – Entiendo. Yo también le echo de menos, Alisthar. Pero ahora hay cosas más importantes que atender que seguir llorando su pérdida. Llevamos llorando demasiado tiempo. Es hora de elegir soberano e impedir que la Tregua se rompa. Es hora de volver al Feudo Gris…
                – Pero, señor, sigo sin comprender… – empezó, pero se detuvo.
                No obstante, no a tiempo, porque Ayron ahora le estaba prestando toda la atención del mundo.
                – ¿Qué no comprendes, Alisthar?
                Tragó saliva, sabiendo que ahora no tenía escapatoria.
                – ¿Por qué encerrarlo aquí? – dijo al fin, a sabiendas que no era la auténtica pregunta.
                – Porque este es el peor de los castigos. Es peor que la muerte.
                – Estoy de acuerdo, señor, pero… ¿no hubiera sido mejor interrogarle antes?
                – ¿Interrogarle? Mató a Eithan, es lo único que necesito saber. Yo mismo le detuve, Alisthar. Vi su poder. Es mejor que permanezca aquí, y que pague por la sangre que ha derramado.
                ¿Por qué sentía que Ayron no quería que estuviera ahí? ¿Por qué sentía que estaba tocando un asunto demasiado delicado? ¿Cómo podía llegar a alguna concusión teniendo al mayor de sus sospechosos al lado? Necesitaba espacio para poder observar más de cerca al prisionero. Necesitaba ver con más claridad lo que creía haber visto hundido en su pecho. Porque, de ser así, todo se volvería aún más complicado.
                Tenía que ganar tiempo, tenía que hacerlo. Sabía que si seguía a Ayron hacia el exterior, jamás podría volver. No le dejarían volver. O quizá tenía un trágico accidente en el camino, que ya era duro de por sí. Por tanto, esta era su única oportunidad.
                Lo único que se le ocurría era tratar de seguirle el juego y permanecer ahí todo el tiempo que el escudo de Sohrem resistiera.
                –  Quizá tenga razón, señor. ¿Me permite solo unos segundos? Después, si no le importa, aprovecharé su vuelta a las Cortes.
                – Por supuesto, Alisthar. Faltaría más.
                Alisthar inclinó la cabeza en señal de respeto y avanzó despacio hacia el prisionero. Inclinó la cabeza y examinó con atención el punto en el que creía haber visto el extraño objeto hundiéndose en su carne. Una esquirla negra, una estaca. Los objetos en el Ensueño no siempre eran lo que parecían. ¿Podía simbolizar una espada, un puñal en el corazón? La magia no mentía nunca, sólo tenía que interpretarse. Si había una espada en la puerta significaba que tenía que estar en la sala, aunque esa no fuera su auténtica forma.
                Entonces, si la figurada espada estaba hundida en su pecho, la siguiente pregunta era quién se la había clavado. ¿Ayron, como Rey Oscuro? ¿Eithan, antes de morir? No, no podía ser. Porque, de ser así, ¿por qué evitar que se descubra? Faltaba algo, faltaba algo importante. Una pieza clave que dotara a todo de sentido, algo que rebelara todas las cartas de la mesa que, de momento, eran demasiadas y bocabajo. ¿Pero qué?
                Un escalofrío recorrió su columna, detectó el fulgor por el rabillo del ojo. Saltó en el último instante. Cualquiera no lo habría podido hacer, pero él no era cualquiera. La esfera de energía chocó contra la prisión cristalina y se deshizo en una voluta negra, sin dejar siquiera un rasguño en la superficie.
                Alisthar desenvainó su espada, observó a su oponente. Sus ojos no le dejaban entrever sus intenciones, pero sí quedaba bien claro por el arma que empuñaba en su mano, la que le correspondía por derecho. Su símbolo de poder: La Vara de Erebo. Se decía que el hermano Oscuro sería el guerrero, poseedor del honor, mientras que el Luminoso poseería la sabiduría que guiaría al guerrero. Muerto el sabio, el guerrero parecía estar rebelando su verdadera naturaleza.
                – Ayron… Sabía que ocultabas algo – escupió Alisthar.
                Una tenebrosa sonrisa anidó en los labios del aludido.
                – Permíteme que lo dude, Alisthar. ¿Intuir? Se acerca, pero aun así es apuntar demasiado lejos. Sólo… – empezó, mientras la Vara comenzaba a cargarse de energía para asestar el golpe final – era algo a lo que te querías aferrar con todas tus fuerzas.
                Alisthar blandió con fuerza su espada, había sido forjada por el mejor de los herreros para ser capaz de hacer frente a la magia más poderosa, pero dudaba mucho que entre ellas estuviera el poder de la Vara. Ese poder era muy poco usual, era demasiado poder. Por algo era un objeto que sólo podía ser dominado por un Rey.
                – Adiós, Alisthar. Serviste bien a los Reinos – dijo entonces él con una sonrisa de triunfo en los labios.
                Ya creía que tenía la victoria en las manos. Hasta que la Vara demostró claramente su lealtad, y no era él. Así, esta rechazó a aquel que la portaba, y un chispazo de negra energía hizo que éste se viera obligado a soltarla, y revelando una nueva perspectiva para Alisthar.
                – No puede ser. Tú no eres Ayron, eres un usurpador. ¿Qué has hecho con los dos? ¡Responde!
                – ¿En serio crees que me voy a molestar en contestar a tus patéticas suplicas? Y desde luego eres más patético de lo que creía si piensas que necesito el poder de la Vara para vencerte.
                – No subestimes a tus oponentes, quien quiera que seas.
                – ¿Que no te subestime? Lo que hay que oír…  – pero en verdad estaba encantado de tener motivos para atacarle.
                Cargó energía, esta vez en sus manos, creando un orbe luminoso de relucientes relámpagos, que no dudo en arrojar contra Alisthar. Éste no pudo hacer más que desviarlo con la hoja de su espada, hecha para resistir, así como se vio obligado con los siguientes.
                – Sólo puedes defenderte, porque te es imposible atacar, ¿y dices que no te subestime? – se mofó el falso Rey mientras, cargando un nuevo orbe y aprovechando que Alisthar no podía parar de defenderse, recogió la Vara del suelo.
                Sin embargo, ésta vez la Vara no le rechazó. Sólo permaneció inerte,
                – Te equivocas, en ningún momento me referí a mí mismo – contestó éste.
                Entonces  el falso Rey vio lo que Alisthar había estado pretendiendo durante todo este tiempo mientras desviaba todos sus ataques, justo cuando éste hundió el filo de su espada en la última de las cadenas de hielo que sujetaban el eterno lecho del prisionero, la cual estalló en un millar de esquirlas de hielo. Desde el principio él ya sabía que no saldría jamás de aquel lugar, ni vivo ni muerto. Por eso no tenía nada que perder al intentar liberar al reo al que habían cargado todas las culpas. Ahora creía en su inocencia.
                – Dejaré que se encargue él – sentenció.
                Entonces, el hielo comenzó a quebrarse. Primero, una pequeña brecha.
                – ¡NOOO! – gritó el usurpador lanzando el último proyectil, que Alistar interceptó una vez más e incidió directamente sobre el prisma de hielo.
                Así la grieta se hizo más grande. Así el ataúd cristalino se quebró. Así el preso abrió los ojos, unos ojos negros, y se abrió paso a través de su prisión.  El falso Rey tuvo tiempo para cubrirse, mas Ailsthar no tuvo tanta suerte, en ninguno de los aspectos.
                Esa fue la forma en la que la gran bestia se escapó, sin que nadie, ni siquiera el poseedor de la Vara, aunque falso, pudiera hacer nada para detenerle. Abrió las puertas y tumbó a los dos guardias que las custodiaban y, a pesar de que no había escaleras por las que huir, sólo tuvo que sacudir la escarcha de sus alas. Como si estuviera destinado a no ser retenido. 
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