La marcha de Avalon.

lunes, 27 de febrero de 2012


                OST recomendada: "If you are my love", de Tsubasa, o "Drop of light", de Solatorobo.




                Dicen que las despedidas son dolorosas. Bueno, lo que de verdad es doloroso es marcharse. Porque no me he despedido y, aun así, sigue doliendo. Pero tampoco tenía muchas más alternativas. Es lo mejor para todos. Para Raven, para Ivy, para Chuwi y… para mí.
                Al menos, eso quiero creer. No quiero pensar por un momento que lo que en verdad estoy haciendo es… huir, huir ante una situación que me asusta. Pero igual sí que es así.
                 De todas formas, ya no puedo dar marcha atrás. El autobús ya ha arrancado y no parará hasta que salgamos del Cuadrante...
                Sí, ya lo sé. Vaya excusa más mala, pero me voy a aferrar a ella con toda mi fe. Es lo que quiero creerme porque, si pienso de otra forma aunque sea por un solo instante, no seré capaz de continuar con esto, y realmente es lo que quiero hacer.
                Quiero hacerme fuerte, quiero poder ser tan fuerte como ellos. Quedándome aquí, arropada, dejando que ellos me protejan, dejando que ellos den la cara en mi lugar, jamás sacaré esa fuerza que espero que exista en algún profundo rincón de mi alma. Esa a la que tanto miedo tengo y que Reisei llama el Fuego del Dragón. Sí, muy poético, muy hermoso, pero así es como ella lo ve. Es una médium y todo es diferente a sus ojos. Puede ver el alma de los muertos, pero también la de los vivos. Y a mí me describió así.
                El Fuego del Dragón. La parte que más miedo me da de mí. El fuego no es fácil de controlar, no es un buen amigo en el que confiar. Bien es sabido que quien juega con fuego al final se termina quemando. Casualidad que mi mayor poder, aquel con el que puedo ser capaz de derrotar a mis enemigos, aquel con el que verdaderamente puedo ser útil al grupo, aquel con el que puedo enfrentarme sin temor al Sistema, a la Red, al Ojo y a todo aquel que quiera detenerme, sea precisamente ese, el que más me podía aterrar.
                Dominar el agua es mucho más sencillo. La lluvia siempre me obedece. Pero sé lo limitada que es esa faceta de mí, al igual que las otras dos: tierra y aire. Puedo usarlas para defenderme, pero no creo que fuera capaz de dominarlas lo suficiente como para hacer daño. Simplemente encuentro mi límite demasiado rápido con ellas. Pero el fuego…
                Suspiro, resignada, mientras observo cómo empieza a llover. El cristal del autobús empieza a llenarse de gotitas que resbalan poco a poco. Parecen lágrimas. A mi lado, Chuwi alza el brazo derecho, dejando que sólo uno de sus dedos, el índice, asome por la manga de la sudadera roja que le he comprado un par de tallas más grande por su propia petición. Poco a poco, lo apoya en el cristal y empieza a hacer dibujitos con el vaho que ya empieza a empañar las ventanillas.
                Sonrío al verle. Sé que no quería venir. Le he arrastrado conmigo sin piedad, pero es que tampoco he tenido valor suficiente para dejarle solo. Sé que me necesita, sé que le necesito. Es… lo único que me queda de mi vida anterior y, en momentos como este, quiero apegarme a esos recuerdos, mucho anteriores a que la vida se volviera complicada. Antes sólo tenía que preocuparme de cosas de niña corriente. Ahora eso se acabó.
                Desde hace cinco años, nuestra vida jamás volvió a poder definirse como normal. Ninguno de los dos lo somos ya. Lo curioso es que jamás lo fuimos, pero así lo creímos. Eso es lo que nos permitió seguir siéndolo.
                Cuando la tía Ivy nos acogió, cuando se descubrió realmente lo que podíamos hacer, cuando nos mostraron lo que ellos realmente podían hacer, cuando conocí a Raven…
                Jamás pude volver a verme a mí misma como Sally. Jamás.
                Sigo observando cómo Chuwi pinta en los cristales. Está dibujando un tigre. Como él. En su dedo, que es lo único que se ve de su mano, se aprecia la peculiar cicatriz, justo en el nacimiento de la uña, que ha dejado las garras que le salen cuando se transformó por accidente hace un par de días sin estar del todo listo. Perdió el control sin querer. Creo que ese suceso es lo que realmente me ha hecho traerle conmigo.
                Necesita a alguien que le ayude y creo que en la ciudad, aunque mi tía sea perfectamente capaz, no es buen lugar. Los tigres nunca han vivido en junglas de asfalto. Necesita un lugar donde desarrollarse y crecer donde nadie le mire como a un extraño. Es demasiado pequeño todavía…
                En cuanto termina de dibujar el tigre, lo borra. Pasa la mano, con la sudadera encima, y limpia por completo todo lo que ha hecho.
                Justo en ese momento, un relámpago ilumina el exterior y, por un segundo, el que tarda la ventana en volver a empañarse, observo algo que hace que se me ponga la piel de gallina y sienta un escalofrío.
                «Raven…»
                Sí, sé que era él.
                Rápidamente, me pego al cristal y limpio de nuevo el vaho. Agudizo la vista, intento ver a lo lejos y…
                Sí, sabía que no me lo había imaginado. Ahí está. No podía ser nadie más que él.
                Está corriendo bajo la lluvia, por las azoteas. Lleva la gabardina negra de la cual no se separa. Lleva las gafas que su aprendiz ha diseñado para él. Lleva el arnés y el cable, para saltar entre éstas y… el pañuelo que le regalé atado al cuello. Lo veo claramente, es rojo. El único toque de color en toda su indumentaria.
                Suspiro y noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas.
                «Lo siento, lo siento.»
                Lo siento muchísimo. Ojalá hubiera tenido fuerzas para contártelo. Ojalá hubiera sido más valiente, como tú.
                Pero no lo soy.
                Me miro las manos, estoy temblando.
                «Lo siento» repito mientras veo cómo a Raven se le acaba el camino por el que correr. Estamos saliendo de la ciudad, del cuadrante, hacia un lugar donde él no puede seguirme.
                «Lo siento» digo una vez más, quizá esperando, o anhelando, que él recoja ese pensamiento, que le llegue.
                Raven se queda parado en el borde del último edificio. Sé que me está mirando. Sé que está decepcionado, triste, irritado. Sé que ahora mismo me odia. Sé que, desde este mismo instante, nuestra relación jamás será la misma.
               Rompo a llorar de la forma más silenciosa que sé. Por suerte, Chuwi sigue centrado en el cristal, ajeno a todo.Todavía está enfadado conmigo por haberle metido en el autobús, así que ni me mira ni me habla.
                La silueta de Raven se pierde en la oscuridad mientras el autobús pasa el control y cruzamos los muros. Le pierdo de vista de forma definitiva. 
                Por lo menos, he podido verle. Por última e indefinida vez, porque ni siquiera sé cuándo quiero regresar. De momento esto es sólo una partida, y no sabré la fecha de mi regreso hasta que éste ocurra.
                Cuando vuelva, seré fuerte. Como tú.
                Es mi pequeña promesa. Y la cumpliré, ya lo creo que sí.
                Mientras tanto, te echaré de menos. No sabes cuánto. 
                «Hasta siempre, Raven.»
              

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«En nombre de la ciencia.»

viernes, 24 de febrero de 2012

                La niña, medio recostada en la cama y apoyada en el alfeizar, miraba por la ventana. Pero, al mismo tiempo, no miraba a ninguna parte. Mejor dicho, veía más allá de lo que cualquiera podía entender. Sus ojos se perdían en un infinito admirable por muy pocos, al menos, en vida. Ante la muerte, todos rezan por no quedarse atrapados en él.  
                La puerta de su habitación se abrió, pero ella no se inmutó. Una mujer de cabellos cobrizos y ropa de segunda mano observó en silencio a la niña esperando una reacción por su parte. Llevaba unas gafas de gruesos cristales que le daban un cierto aire de búho y que servían para resaltar sus profundas ojeras. Adele aguardó pacientemente, pero, al cabo de unos segundos, ante la falta de respuesta de la cría, carraspeó para llamar su atención. La niña parpadeó y, de seguido, se volvió hacia la mujer.
                – Aya, ¿por qué no estás fuera con los demás? – preguntó entonces la mujer, al fin habiendo conseguido la atención de la pequeña.
               – No lo sé – respondió la pequeña con total sinceridad.
                – ¿Te tratan mal? ¿Pasa algo? Sabes que estoy aquí para ayudarte – insistió la mujer, acercándose hasta la cama y sentándose al lado de la niña.
                – No – negó ella –. Pero no me gusta estar con ellos. Les doy miedo.
             – ¿Miedo? ¿Por qué dices que les das miedo? ¿Te lo han dicho ellos? – preguntó entonces la mujer confundida.
                A veces, hablar con ella, especialmente con ella, resultaba ser la más tediosa de las tereas, pero era su obligación asegurarse que todos los niños bajo su tutela estuvieran lo mejor atendidos posible, sobre todo a esas edades tan tempranas. Sin embargo, cada día le costaba más llevarla a su terreno.
                – No, no hizo falta.
                – Aya, puede que todo esté en tu cabeza. Creo que estás exagerando todo un poquito, ¿no crees? Si estuvieras un poco más… rodeada de gente…
                La niña guardó silencio y apartó la mirada de la mujer.
                – ¿No crees que tengo razón, Aya?
                La niña se mordió el labio inferior. Pareció debatirse consigo misma.
                – Tiene que saber algo. Tengo un mensaje para usted.
                – ¿Un mensaje? ¿De parte de quién? – Adele estaba cada vez más perdida con las contestaciones de la pequeña.
                Era huérfana, como todos los niños de ese lugar. Sus rasgos, orientales, no eran muy comunes en esos tiempos. Poco se sabía de ella. De hecho, había acabado ahí por motivos que aún no estaban demasiado claros. Sin embargo, lo más raro de toda la situación era ella misma.
                – De Judit. Dice que todo está bien, pero que te acuerdes de regar sus orquídeas, son plantas delicadas. Ah, y que las escrituras están en el tercer volumen de… De Versos para recordar, entre la página 22 y la 23. En el poema…
                – Lluvia de verano – cortó entonces Adele mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas.
                – Quiere que lo tengas tú – añadió Aya antes de volverse para seguir mirando por la ventana.
                A sus espaldas, Adele salía torpemente de la habitación mientras ya era incapaz de contener el llanto.
                Una vez la puerta se cerró, quedando sola de nuevo en la habitación, se volvió hacia la única silla que había en toda la estancia. Estaba girada hacia ella.
                – Te dije que no le iba a gustar – murmuró a la silla con tono de reproche.

                Dos semanas más tarde…
                Unos golpecitos hicieron que la niña se sobresaltara y se diera la vuelta. La puerta se abrió escasos segundos después.
                – Aya, por favor, sal. Aquí hay unas personas que quieren verte.
                La niña, obediente, se terminó de asear y salió de la habitación. Caminó hasta la sala de reuniones, esa donde se conocen a los señores que quieren que seas su nuevo hijo. Ella nunca había estado allí.
                Abrió la puerta, un poco nerviosa. Dentro estaba Adele, que ni siquiera se molestó en disimular su incomodidad. Desvió la mirada automáticamente. También había un señor. Era rubio, rubio platino, iba trajeado de forma impecable. Llevaba gafas. Daba un poco de miedo, era muy serio.
                – Aya, este es Scott, Scott Andersen. Os dejaré solos para que podáis… hablar.
                Dicho esto, Adele salió de la habitación como alma que lleva el diablo. La niña quedó sola ante el peligro.
                El hombre sacó un cigarrillo de su chaqueta y se dispuso a encenderlo con un elegante encendedor. Pero la niña carraspeó haciendo que éste alzara la cabeza para mirarla.
                – Disculpe señor, aquí no se puede fumar – le recordó la niña con educación.
                – Tienes razón, perdona – admitió entonces él, guardando todo al instante.
                Una vez hecho esto, se apoyó en la mesa y tomó la palabra.
                – ¿Sabes por qué estoy aquí, Aya? – preguntó entonces.
                – Sí, para llevarme con usted. Pero yo no quiero ir – dijo ella sin rodeos.
                – ¿Por qué no? Si todavía no te he dicho a dónde.
                – Pero Paul ya me lo ha contado. Vino a verme anoche.
                – ¿Paul? ¿Quién es Paul? – pero su cara no indicaba confusión, la de alguien que no sabe que está ocurriendo, sino sorpresa, la de aquel que sabe que ha sido descubierto.
                – A él no le caes bien – continuó ella.
                – Mira, Aya, quiero que vengas a un sitio mucho mejor que éste. Puedes ayudarnos mucho, ¿sabes? Eres especial. Adele me lo ha contado todo.
                – No quiero ir – volvió a insistir.
                – Aya, será mucho mejor para ti…
                – No – negó ella terca mientras se cruzaba de brazos.
                – ¿Seguro que no vas a pensártelo? – insistió él empezando a perder la mal fingida fachada de amabilidad.
                Estaba empezando a desconcharse, como la pintura vieja que cubría las paredes de todas las habitaciones del orfanato.
                – No – repitió ella reafirmándose –. Nunca iría con alguien como usted. Mató a Paul.
                En ese preciso instante, la máscara se rompió. Porque no aceptaba nunca una negación por respuesta. Si quería algo, lo conseguía.
                 Se puso en pie y sacudió las mínimas arrugas de su chaqueta.
                – En ese caso, en nombre de la ciencia, del Sistema y de Ellos, no voy a tener más remedio que insistir. Vendrás conmigo, no me obligues a forzarte. No te molestes en intentar escapar. Adele ha cerrado la puerta con llave al salir. ¿Eso también te lo ha contado Paul?
                – No, pero he escuchado la llave.
                El hombre sonrió. La niña era muy perceptiva, eso le gustaba. Sería una buena adquisición para sus planes.
                – Entonces, por última vez, ¿vendrás conmigo como una niña buena?
                – No, señor. No voy a hacerlo – y esa iba a ser su última palabra.
                – En ese caso… – el hombre se llevó la mano a la chaqueta, sacando una pistola, la más rara que Aya vería jamás. Era plateada y con una parte transparente, se veía el dardo que había dentro –. Tranquila, sólo te quedarás dormidita hasta que lleguemos a casa…
                Apuntó con ella a la niña, que ni siquiera se atrevió a moverse de su sitio.
                – Usted es malo – se atrevió a murmurar la pequeña, a lo cual el hombre tuvo que admitir que tenía agallas –. Paul tenía razón.
                – Me importa una mierda ese tal Paul.
                Y apretó el gatillo. El dardo salió disparado desde el cañón del arma y hubiera dado en el blanco, si en ese preciso instante dos personas no hubieran entrado de golpe en la sala derribando la puerta a su paso.
                El dardo, simplemente, se desvió de su trayectoria. Pero la palabra desviar fue decir poco. Giró 180º, de forma perfecta y calculada, e impactó contra el brazo del hombre, que gritó al sentir el picotazo de su propio proyectil. No tardó en arrancárselo del brazo, mientras clavó con odio su mirada en los recién llegados.
                Un hombre y una mujer, ambos con rasgos asiáticos, estaban allí donde, escasos segundos antes, había habido una puerta. Él llevaba una gruesa capa que ocultaba también parte de su rostro y un par de peculiares cuchillas colgando a ambos lados de su cintura. Tenían forma de media luna. Ella vestía con un kimono cortado a la altura de las rodillas, por debajo asomaban unas mayas de deporte. En las manos portaba dos elegantes abanicos de combate.
                – La mariposa y el halcón. Lástima que me lo esperase – dijo el hombre trajeado mientras manipulaba el dardo en sus manos –. Ah, ¿sorprendidos? Yo soy inmune. Cogedles.
                A ambos lados de la puerta, como surgidos de la nada, aparecieron los soldados de élite del Ojo.
                – ¡Sorpresa! – dijo entonces el hombre rubio, sacando de debajo de la mesa un enorme cañón con el que apuntó directamente a la pareja.
                – Cho, sácala de aquí – murmuró entonces el hombre de rasgos asiáticos, sin dar tiempo a que el hombre rubio disparara.
                La mujer agarró a la niña en brazos, la cual gritó asustada. Se volvió hacia la única ventana de la habitación, veloz como el pensamiento, al tiempo que abría uno de los abanicos.
                La ventana reventó, explotó en una lluvia de cristales. Estos salpicaron al hombre rubio armado, el cual perdió unos instantes cruciales evitando que le cortaran la cara, momento en el que la joven asiática, arrastrando a la niña casi en volandas, se deslizó ágilmente por el agujero, desde un tercer piso.
                – ¡No! – exclamó el hombre, mientras disparaba a ciegas contra el boquete de la ventana, justo cuando la joven ascendía suavemente en un elegante vuelo con la niña acurrucada en sus brazos.
                Y, entonces, el tiro fue interceptado por un cuerpo que antes no estaba allí, una silueta envuelta en una capa. El proyectil explotó, causando destrozos en toda la estructura, y el humo inundó la estancia. Cuando se disipo lo suficiente, Halcón apartó la capa de sus brazos, que no tenía un rasguño, y blandió las cuchillas.
                Mientras la mariposa huía, el halcón luchaba y, en el momento en el que ella consiguió la ventaja, él desapareció. El escenario del combate quedó desierto, lleno de bajas. Todas por fuego amigo.
               Minutos después, el orfanato, prudentemente vaciado ante un aviso de atentado terrorista, reventó. Dentro quedó una niña pequeña, cuyo cuerpo jamás fue encontrado, y un cuerpo de élite, que no sobrevivió al posterior derrumbamiento. Todos, excepto uno, su líder, que no pudo rescatar a la niña que los terroristas retuvieron como rehén.
                Y la niña, usada como excusa habiendo sido víctima, fue dada por muerta. Nadie se volvió a preocupar por ella pasadas las primeras semanas. 

                Nadie, salvo un halcón, una mariposa y, después, toda una gran familia. 

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Segundo premio al mejor blog-novela de "Los Idolos Celestes"

domingo, 19 de febrero de 2012

Hace poco recibí un mensajito de Nocturna para tomar parte en el concurso al mejor blog-novela que ella estaba organizando en su blog "Los Ídolos Celestes". Me pilló en mi etapa "off-line" de hace dos semanas.
A pesar de que estrictamente hablando esto no es un blog-novela, pero sí un blog literario, decidí participar.
Hace dos días salió el veredicto y hoy están empezando a revelarse los premios.
Os presento el mío, el segundo premio.

1) Imagen number one: 


2) Imagen number two:



¿A que son bonitas?
Desde aquí también quiero felicitar al resto de participantes, porque ha habido premios para todos, y, por supuesto, a los otros dos ganadores, con los blogs Mariposa y Mi querido Frankenstein.
Gracias, Nocturna ^^.


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De ahora en adelante

martes, 14 de febrero de 2012

      Tras mi larga pausa por motivos ajenos a mi voluntad (he estado dos semanas sin wifi y con una conexión a internet que dejaba mucho que desear), dejo aquí la segunda parte que, como dije, es mucho más narrativa y menos poética.

    La gran mayoría fue escrita durante unas 10 interminables horas de avión, que dieron para bastante. Espero que os guste, aunque diste mucho de lo que fue el anterior trozo.
     De nuevo, "I talk to the rain" es la canción que he usado como improvisada "banda sonora", junto con "Ar tonelico", que he añadido nueva. Pero creo que cualquiera de las que hay en el reproductor con piano o violín le van perfectamente.

NOTA: Este relato se puede leer y entender perfectamente por sí mismo pero es recomendable haber leído antes la entrada "La sirena y el mar"




    – ¿Estás lista?
    Silencio.
    – ¿A la de tres?
    Una pausa.
    – Vale, vale. Está bien. Tú empiezas.
    Y la música comenzó a sonar.

   

    El teatro Royal Envy había sido construido para hacer honor a su nombre. Pero eso había sido en otros tiempos. Aun así, seguía siendo todo un honor, una experiencia inolvidable y un auténtico privilegio el poder disponer del magnífico escenario, antaño pisado por los grandes y el que fuera el centro de todas las miradas, aunque fuera para un clandestino y no del todo autorizado ensayo.
    Ya era prácticamente de noche, rozando el toque de queda, cuando el hombre llegó. Afuera llovía copiosamente, pero a él no parecía importarle. Se limitaba a observar la vieja fachada en la que, fijándose con empeño, aún se apreciaba el vago espejismo de la gloria que una vez tuvo.
    Cualquiera que pasara su mirada por la escena, sólo vería a un transeúnte mojándose bajo la espesa cortina de agua helada de principios de diciembre. Un transeúnte estrafalario, quizá, o audaz, o incluso un necio. ¿Quién en su sano juicio vestiría con una simple gabardina de un amarillo chillón, de esas que hacen daño a la vista, con el invierno a la vuelta de la esquina?
    Sin embargo, la realidad era otra bien distinta. La verdad es que estaba allí porque se lo habían ordenado. Para su desgracia. Pero tenía prohibido desobedecer. Y, además, no era la primera vez que recibía esa misma orden.
    Tras un par de minutos plantado en medio de la nada, quizá compadeciéndose de sí mismo, o quizá pidiendo perdón por adelantado por lo que estaba a punto de suceder, comenzó a subir los peldaños de la triunfal entrada principal. Después, atravesó el desgastado portón.
    Dentro se escuchaba la música. Un violín, un piano. Ambos se compaginaban a la perfección, como si estuvieran conversando, como si se respondieran y apoyaran mutuamente. Se mezclaban y se confundían de una forma apasionada y especial, íntima. Como si se tratara de una declaración de amor sin palabras.
    Pero a eso él no prestó la más mínima atención. Si había dos instrumentos, tendría que haber, como mínimo, dos músicos. Eso no había sido lo que le habían dicho. La chica tendría que haber estado sola, sin compañía. Nadie mencionó un segundo objetivo, o estorbo, en este caso. No obstante, tendría que lidiar con la situación, pero sería de la forma en que mejor pudiera. No tenía órdenes respecto al segundo sujeto. Sucediera lo que sucediera, no sería culpa suya.
    De esta forma y con ese pensamiento, se plantó silenciosamente en medio del patio de butacas, lugar en el que esperó hasta que ambos intérpretes terminaran su pieza. En ese preciso instante, se levantó, como un espectador más, y aplaudió. Fue en ese instante cuando los dos músicos repararon en su, hasta entonces, desapercibido público.
    Ella era una chica de piel pálida y cabellos castaños ondulados recogidos en un sencillo moño que ayudaba a resaltar sus ojos grises, que recordaban al cielo encapotado en un día de lluvia, como aquella noche. Sujetaba el violín con sorpresa, con el arco a medio camino entre las cuerdas y el reposo.
    Él tenía la tez morena y los ojos de un muy poco usual azul verdoso, como el mar revuelto. Aún se hallaba sentado al piano. Ni siquiera le había dado tiempo a levantar la cabeza de las teclas que, hasta hacía escasos instantes, había estado tocando con maestría y devoción.
    Ahora tenía la atención de los dos, que aún no habían sabido qué decir ante su inesperada presencia.
    – ¿Melissa Vryzas? – preguntó entonces él sin molestarse en presentarse siquiera.
    Ella no dijo nada, ni siquiera asintió, pero su reacción involuntaria, su gesto de sorpresa, fue suficiente para responder a su pregunta. No cabía duda de que ella era el objetivo. La información no se la habían dado tan errónea después de todo.
    – Sabes por qué estoy aquí – no se trataba de ninguna pregunta, lo estaba afirmando –. Vas a venir conmigo – declaró.
    Pero no se trataba de ninguna petición, ni de la más sutil de las ordenes. Se había limitado a exponer un hecho, algo que consideraba inevitable e irrevocable. Era lo que iba a suceder. No, era más, era lo que tenía que suceder. Y lo llevaría a cabo.
    El chico del piano no tardó en levantarse y plantar cara al desconocido.
    – ¿Quién eres tú? – exigió saber mientras se ponía delante de su compañera.
    El hombre apenas se molestó en dirigirle la mirada. Sólo le regaló una frase, a modo de advertencia, haciendo una excepción en su conducta ya que él no debería de haber estado presente.
    – Esto no va contigo – siguió manteniendo la vista fija en la mujer, que en esos instantes estaba aprovechando para dejar el violín, con cuidado y mimo, apoyado contra el desvencijado piano.
    Hubiera pasado desapercibido para cualquiera, un gesto banal sin mayor relevancia. Pero él no creía en esas cosas. No obstante, sabía que no tenía nada que temer. Él tenía todos los cabos atados, y ellos dos no sabían a quién se estaban enfrentando.
    La muchacha colocó su mano sobre el hombro del chico, de forma dulce y tierna. Le pedía de forma silenciosa que se apartara. El chico, dudoso, parecía reacio a obedecer, pero, al cabo de unos cruciales instantes en tensión, terminó apartándose levemente. El chico dejó que ella pasara delante de él.
    ¿Iba a venir con él por las buenas? No, no iba a ser así. Lo presentía.
    Acertó.
    La sirena gritó, con una voz inaudible pero que hubiera sido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera. Una voz muda pero que, a la larga, conseguiría quebrar tanto cristales, como huesos, o parar tanto proyectiles, como corazones. Una voz que por pocos sería escuchada, pero por todos admirada… y que levantó y destrozó el patio de butacas hasta donde se encontraba el desconocido, que había puesto la vida que ella tanto adoraba en peligro.
    Y no iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, la sacara de ella.    
    El polvo inundó el teatro. Y del desconocido seguramente no quedara más que el cadáver. La nube de escombros y suciedad lo ocultaba todo. Mejor así. No estaba preparada para ver lo que acababa de hacer. Pero tampoco lo estaba para renunciar a todo.
    El chico, a su lado, lo sabía. No iba a reprocharle nada. La comprendía, la entendía. Con el más mínimo roce, era capaz de llegar hasta los más profundos recovecos de las personas.
    Despacio, observó cómo la chica se llevaba la mano a la frente. Estaba mareada. No estaba acostumbrada a usar su voz de una forma tan brusca. Aún le costaba. Después, tocó su mano, para llamar su atención.
    – Mel, tenemos que irnos… – murmuró.
    Era verdad, tenían que marcharse. No sólo del Royal Envy, sino de la ciudad. Si querían seguir con su vida como hasta ahora, paradójicamente, ésta tenía que acabar ahí.
    Ella asintió levemente. Apretó aún más fuerte su mano. Se giró para seguirle.
    Y entonces tuvo lugar la explosión. No hubo fuego, no hubo chispas. Sólo pudo ver cómo una fuerza increíblemente poderosa impulsaba a su amor por los aires, provocando que sus manos se soltaran y que cayera lejos de su alcance, empotrándose contra una pared.
    Escuchó su gemido de dolor, le vio tratando de incorporarse. Leyó sus labios, de los cuales apenas salió sonido. Estaba diciendo su nombre. Pero ella estaba paralizada, sabiendo y conociendo quién aguardaba a su espalda. Se quedó congelada mientras veía cómo el chico caía al suelo, cerraba los ojos. Se aguantó para no llorar, todavía no era el momento de derrumbarse.
    – Melissa, creo que no me has entendido la primera vez. Volvamos a intentarlo…
    Ella se giró y observó de nuevo al hombre de amarillo. Estaba ileso, sin un solo rasguño.
    – ¿Sorprendida? – hizo una pausa, pero no necesitaba contestación alguna –. Claro que estás sorprendida. No, no te molestes en gritar de nuevo. No me afectarás. Soy inmune a tu canción. Sin embargo, yo a él sí que le alcanzaré. La próxima vez no me limitaré a dejarle inconsciente.
    Ella se volvió para mirar a Keanu. A pesar de la desalentadora situación, sintió alivio. Él estaba bien. Entonces, se giró de nuevo hacia el hombre. Estaba obligada a escucharle.
    – Veo que al fin tengo tu atención.
    Ella no hizo gesto alguno, pero a él le bastó. Sabía que estaba prestando atención. No se arriesgaría a poner en peligro al chico.
    – Bien. Memoriza bien esto porque, de ahora en adelante, ésta será tu nueva vida…

    «De ahora en adelante, obedecerás. De ahora en adelante, el Sistema será tu superior, tu jefe y señor. Será la única razón por la cual podrás seguir existiendo, por la cual podrás seguir adelante y por la cual vivirás.
    Si Ellos dicen que saltes, tú preguntarás desde dónde. Si te piden que corras, tú preguntarás con qué velocidad. Si te piden que cantes, tú preguntarás qué canción.
    Y, si Ellos dicen que mates, tú preguntarás a quién.
    Si sigues mis instrucciones, si vienes conmigo, no te ocurrirá nada.
    Y, si estos motivos no han sido suficientes, entonces piensa en él.»

    La cabeza del hombre se inclinó ligeramente hacia un costado.
    El rostro de la chica se ensombreció al notar la última mención a Keanu. Se resistió para no volver a mirar el cuerpo inconsciente del chico.
    – No tengo órdenes acerca de él – prosiguió él –. Siéntete afortunada de que no haya venido a llevaros a los dos. Él seguirá estando libre, a pesar de que acabo de descubrir que él también es como tú. Porque lo es, ¿verdad? Él también es especial…
    La chica se puso rígida de repente.
    ¿Cómo lo había sabido? ¿Cómo sabía tantas cosas?
    – Si vienes conmigo ahora, le dejaré marchar.
    Ella suspiró. Estaba perdida.
    Era el argumento de mayor peso que había escuchado durante todo ese tiempo. En estos momentos, ya no le importaba tener que dejar de cantar. Ahora mismo tenía algo que proteger que valía mucho más la pena que ese sueño que, aunque antes hubiera sido tan inalcanzable, había llegado a perfilarse claro en el horizonte.
    Melissa asintió e hizo un gesto al hombre.
    – Sí, claro. Puedes despedirte.
    Se acercó despacio hacia el cuerpo aturdido del chico. Se arrodillo a su lado. Suspiró de alivio al ver que él aún respiraba. Las lágrimas se le escaparon de los ojos cuando vio que abría levemente los ojos, esos ojos verdes que tanto iba a echar de menos, y decía de nuevo su nombre.
    Él puso su mano en la mejilla, una mano que apenas tenía fuerzas. Ella la sujetó, pero le temblaba el pulso y, después, rozó sus labios, transmitiendo con ello todo lo que quería decirle pero no iba a poder hacer jamás mediante palabras. Pero él lo entendería. Sería el único que lo haría.
    Sería su disculpa, su despedida, su llanto, su desesperanza y su silenciosa petición de ayuda.
    «Busca a la Araña.»
    – ¿Q-qué? – trató de decir él, pero ella le puso la mano en los labios para callarle. 
    Entonces ella se levantó.
    – No, ¡No! Mel… No te vayas… – trató de luchar por seguir sosteniendo su mano, pero la cabeza le dolía –. No te vayas…
    Pero no pudo permanecer consciente por más tiempo. Sus manos se soltaron por segunda vez en esa misma noche.
    Y así, la sirena se marchó, dejando lejos, muy lejos, al mar.

    Tiempo después, no sabría decir jamás si horas o minutos, Keanu se despertó en ese mismo lugar. No quedaba rastro alguno de Melissa.
    Le dolía todo el cuerpo, pero le dolía más el alma. Su sirena se había ido. Pero sabía por qué. Esa era la razón por la cual estaba tan dolido consigo mismo. Había sido por su culpa. Lo había hecho para salvarle a él…
    Pero entonces una frase volvió a resonar de nuevo en su cabeza. El último mensaje de Melissa.
    «Busca a la Araña.»
    – La Araña… – repitió.
    El maestro en la sombra. Era el único que podría ayudarle a encontrarla.
    Porque era lo que iba a hacer. La buscaría hasta en los confines del mundo.
    Pero, primero, tendría que dar con el maestro…

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