Saralyssa, la artesana

lunes, 19 de agosto de 2013

La historia de uno de mis personajes para "Changeling: the Dreaming". 

¿En serio me estás preguntando que qué soy? Créeme, mejor que no lo sepas. No, no es que sea algo malo, sino que no lo asimilarías. Es más: si te lo demuestro, se te terminará olvidando. No, no, simplemente ocurrirá. Aunque tomes nota de todo lo que veas, cuando te despiertes todo desaparecerá. ¿Insistes? Está bien, ahí voy. Soy una fae encarnada en un cuerpo humano. Sí, sí, fae. Un hada. ¿Ves? Si ya te dije que no me creerías.
Mi nombre mortal es Sarah Faresin. Para los que son como yo prefiero ser Saralyssa. Rompí mi crisálida a los cuatro años, cuando iba en el coche de mis padres y tuvimos un accidente. Ellos murieron en el acto y yo no sólo quedé huérfana sino que algo en mí era diferente: había despertado como changeling, nombre con el que se nos conoce a los que son como yo. Por suerte, otro de los míos fue consciente de lo que había ocurrido y me acogió. Se convirtió en mi tutora, me explicó la situación y me enseñó todo lo que sé. Su nombre es Adelaida Marconi. Trabajo con ella en la juguetería, todo el género que vendemos es manufacturado por nosotras. Ella es extremadamente exigente, tiene pocas palabras amables conmigo y muy pocos cumplidos con nadie, pero es buena maestra. Su firmeza me ha hecho llegar a donde estoy. Ha empezado a dejarme hacer parte de sus encargos, eso significa que está satisfecha con mis avances.
Tampoco puedo olvidarme de Binky, mi compañero quimérico. Sí, la bolita dorada con dientes que aletea en mi cabeza. Es adorable, ¿verdad? Recuerdo poco, pero sé que siempre ha estado conmigo a lo largo de mis reencarnaciones. Con distinta forma, puesto que es una de sus habilidades, pero siempre conmigo. Me protege y me obedece. Es muy importante para mí. Quién sabe si él fue realmente la razón por la cual yo no morí en ese accidente. Tengo ese día en blanco y no demasiado interés en recordarlo. Aunque quisiera, no estoy segura de que pudiera.
Mis aspiraciones en la vida no son complejas. Siempre he querido hacer cosas más allá de aprender a bailar o a tocar música. Por falta de tiempo, nunca pude refinar ninguna de las dos. Se me da mejor pintar y tallar, hacer planos y montar engranajes. Después de todo, soy una artesana.
También me gusta la comida. No me refiero en cantidad, pero sí encontrar nuevos sabores y platos que me agraden, especialmente postres. A veces he tratado de prepararlos yo misma pero… En fin, digamos que no es uno de mis talentos. Mi cocina nunca volvió a ser la misma. Así que prefiero dejarles las obras maestras culinarias a personas como Glido, otro conocido fae, que hacen maravillas sin esfuerzo y pasarme a la cocina precocinada. Por cierto, ten cuidado si alguna vez te da a probar alguno de sus vinos. Puede que no te levantes en unos cuantos días.
Se me dan bien los niños. Me agrada su compañía y se me hace más fácil tratar con ellos que con los adultos, lo cual hace que llevar la juguetería sea bastante ameno. Me resulta más sencillo crear cosas. No sé si es porque me recuerdan a mí misma o por algo más profundo. Adelaida no ha sido nunca especialmente afectiva, quizá eso me haga canalizar ese sentimiento hacia los críos que pasan por la tienda y en los eventos que realizamos en ella para promocionarnos de cuando en cuando.  
No soy una persona social. No se me da especialmente bien tratar con las personas ni acercarme a ellas. Tampoco me gusta demostrar abiertamente lo que siento. Me hace sentir vulnerable. Trato de no aferrarme emocionalmente a nada, aunque pocas veces me sale bien, y mi carácter hace que tenga pocos amigos. Al parecer es algo que viene de serie con mi linaje. Cuando me ha gustado algún chico, siempre conseguía espantarles por mi forma de ser o no sabía cómo acercarme. Muchos pensaban que era rara. Así que era más fácil no mostrar la verdad, al menos en sentimientos realmente importantes.
Soy una persona a la que no le cuesta sonreír por cosas sencillas, pero sí por las complejas. Además éstas se pueden evaporar enseguida... De esta forma, si me dicen alguna vez que estoy enamorada, mentiré. Así siempre es más sencillo. Con suerte, igual hasta me lo termino creyendo yo también.
Bien, de momento esto es todo lo que puedo contarte. De todas formas, mañana no te acordarás de nada. Sí, es hora de que me vaya. Que descanses. 

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Despedida

lunes, 27 de mayo de 2013

Latido, susurro, caricia, suspiro.
Beso, alma, mirada, fuego.
Dulzura, sonrisa, tristeza, anhelo.
Lluvia, ausencia, lágrima, escalofrío.




Dicen que las palabras de despedida son de las más difíciles de articular. En mi caso no es que no las tenga ni que no me salgan, sino que son demasiadas para un sólo sentimiento. A menos de dos semanas del comienzo del verano, se ve en el horizonte cómo se desgranan los sueños. Poco a poco, se convierten en memorias, lecciones y en los mejores recuerdos. Porque la persona que vino hace ya casi un año, no es la misma que se va de vuelta con la maleta a cuestas. Noruega no es la que me ha cambiado, no. Habéis sido todos vosotros. Sin lugar a duda, para mejor. 

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La prueba del aprendiz

lunes, 15 de abril de 2013

Un pequeño relato que tenía a medio terminar en un cajón. Se trata de un discurso de un Maestro muy especial hace a su nuevo aprendiz, deseoso de saltarse las aburridas clases teóricas y pasar a la acción. ¿Un aprendiz de mago? Sí, algo parecido ;).



                ¿Los ves? Sí, a ellos. Apenas reparan en nosotros. Corren bajo la lluvia inmersos en ese mar de paraguas. La tormenta arrecia, ellos aligeran el paso. Nos sortean como si no nos vieran. Nos ignoran magistralmente, como si no hubiera nadie a su lado, sólo algo que les molesta en su camino, como una intuición, o eso parece. Pero no te equivoques, notan que estamos aquí. Lo presienten.
                A veces simplemente se les eriza el vello de la nuca. Otras sienten electrizantes escalofríos cuando, sin querer, chocan con uno de los nuestros. Incluso en ocasiones existe la remota posibilidad de que realmente puedan vernos. En esos momentos significará que hemos encontrado a un posible candidato a sucedernos. En ese momento es cuando tenemos que juzgar más allá de su simple apariencia mortal, tenemos que mirar en lo profundo de su alma. Tenemos que ver si realmente es apto o sólo tiene potencial. La actitud es realmente importante para estos casos. Mucho. El poder es algo que debe ser ganado con los actos, no a base de la fuerza.
                Pero ahora quiero que te fijes en todo esto con atención, Allen, con mucha atención. Porque, al igual que nosotros observamos, también hay más de los nuestros que vigilan. A veces sus intenciones no son las adecuadas. Siempre es más fácil acabar con tus oponentes cuando estos aún no tienen el potencial para defenderse que dejar que su poder germine y crezca y, entonces, exista el riesgo de que puedan plantarte cara y, más aún, vencerte. Pero ese no es el camino adecuado, será nuestro deber castigar dichas acciones denunciándolas al Círculo de Sabios. Ellos son los más antiguos. Dicen que algunos vieron el principio del Todo. No, no seas ridículo, yo no llegué a tanto. ¿Acaso tengo pinta de viejo? Aún me quedan varios decenios por delante, así que deja de decir tonterías.
                Espera, ¿lo has visto? Sí, claro que lo has hecho. El muy desgraciado ni siquiera se ha molestado en ocultarse como es debido. Está demasiado confiado o ya no está en sus cabales. Eso, por desgracia, sucede demasiado a menudo últimamente. La telaraña vital está inestable, y todavía no hemos conseguido identificar la causa. Por desgracia, de momento sólo podemos identificar los síntomas, hasta que localicemos la raíz del problema. Ahora que lo pienso, quizá podemos matar dos pájaros de un tiro. Pero, para ello, necesitamos a ese sujeto vivo.
                Por su forma de moverse, era un Comesueños. Sin embargo, tiene pinta de que se ha estado alimentando con más pesadillas de la cuenta, así que está a medio camino de convertirse en un Devora-almas. Seguramente ha descubierto el potencial del miedo y se ha confiado al aprender a usarlo. Su mayor poder radica en su habilidad para el metamorfismo y la ilusión. Tratará de aterrorizar a sus víctimas mediante sus peores pesadillas y así poder arrancar el miedo directamente de ellos. Sí, es un bicho espeluznante, pero no es para nada invencible. La mejor arma contra el miedo es el valor. Sí, pues no es valeroso el que no tiene miedo, sino el que es capaz de controlarlo.
                Bien, muchacho, ha llegado el momento de que probemos tu fuerza. Sí, sí, la tuya. Yo ya soy demasiado viejo para esto. Sí, Allen, por eso te tomé como aprendiz. A pesar de la inexperiencia, la sangre joven tiene muchas cualidades que la añeja, como la mía, ha terminado perdiendo. Eres más ágil, más rápido y además esto te servirá de entrenamiento. ¿No me llevabas pidiendo durante meses que te llevara conmigo a la batalla? Exacto, ésta será la prueba que me convenza de que estás listo. Por suerte para ti, la criatura aún no ha degenerado por completo. Yo que tú me daría prisa.
                Así que adelante, joven aprendiz. Estaré observando tus avances. Por supuesto, desde la distancia. Ten cuidado, y buena suerte. 

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Trailer de Raven

martes, 2 de abril de 2013

Regalito inesperado de Eirin.
A ver si encontráis a todos los personajes ;). 


«El mundo no está hecho para hacerse el héroe.»
«Quizá por eso el mundo os necesita...»




«Join the insurrection.»
«Ha llegado nuestro momento.»

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Uno de esos días

martes, 19 de marzo de 2013




Todos tenemos uno de esos días.
Cuando ya desde la mañana tienes esa sensación que se siente cuando se quiere gritar, pero no es posible por el qué dirán. Esa frustración de tener que mantener el silencio porque es impensable alzar la voz. Esa tenaza en el corazón que te obliga a permanecer serena aunque ni siquiera se acerque a tu estado. Esa ansiedad por querer romper a llorar y las buenas formas te lo impiden porque no es lo adecuado.
Tus amigos lo notan. Estás muy callada. Te preguntan que qué tal estás. Tú respondes que bien, conteniendo el aliento para que no se te quiebren las palabras. Para dar un pequeño empujoncito a tu penosa actuación, les regalas la mejor sonrisa que tienes, que está muy lejos de ser natural. Ellos se dan cuenta, una vez más, pero deciden fingir que te creen al ver que hoy no eres una chica de demasiadas palabras, porque te las estás guardando, mordiéndote la lengua a cada segundo, instante, momento, para que no salgan a borbotones.
Al fin, tras un largo día con esa fachada de porcelana, ésta se hace añicos cuando te quedas sola. Estás apática, tirada en la cama. Tratas de entretenerte con el ordenador, pero hoy internet no tiene nada que hacer. Lo intentas con alguna película, nada. Pruebas con series, mismo resultado. Te pones música.
Entonces llega esa canción, inesperada y súbita, que ni siquiera recuerdas en qué momento la añadiste a esa lista. Curiosamente, te alivia, más de lo que cabría a esperar. Como si la música gritara en tu lugar, como si te entendiera mejor que el resto del mundo, como si te consolara mejor que cualquier otro.
Respiras hondo. Varias veces. Una lágrima solitaria consigue escaparse por el rabillo del ojo. Te sientes mejor. Ya no escuece. No sonríes, pero el dolor es más soportable, como si la música hubiera sido un bálsamo contra esa ansiedad.
Te vas a la cama bastante antes de lo normal. Dicen que la música amansa a las fieras y que dormir lo cura todo. Esperas con toda tu alma que sea cierto y que también se aplique a los corazones rotos.  
Pero tranquila, mañana será mejor. Seguro. Sólo ha sido uno de esos días. Seguro.

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El Réquiem de la Mariposa

miércoles, 27 de febrero de 2013

Un recuerdo triste sobre los "Viejos Tiempos" que tanto menciona Raven. Tiempos que, lejos de ser buenos, simplemente eran mejores, pero no menos duros (o eso dicen ellos, juzgad vosotros ;)).
La canción que he escogido, es ésta. 


Cuando consigo encontrarle, el cenicero que tiene al lado está ya lleno de colillas. Sabía que fumaba siempre que se pone nervioso, algo que por desgracia le sucede demasiado a menudo. Sin embargo, hoy no es nerviosismo, sino algo mucho más profundo. Lo noto nada más verle apoyado en la barandilla de la terraza, observando la ciudad. Ni siquiera tengo que preguntar cómo ha conseguido las llaves del ático. Lo más seguro es que no le hayan hecho falta.
Me coloco justo a su lado, él me acepta. Lo único que hace es cambiar el cigarrillo de mano, sabiendo que no tolero esa conducta ni el humo, pero me sirve. Es un gesto a tener en cuenta. No obstante, no tengo valor para decirle nada.
Compartimos el silencio durante largos minutos mientras, ante nuestros ojos, la ciudad se oscurece y se llena de luz artificial sólo en las áreas designadas. Ambos sabemos qué ocurre entre ese manto de sombras.
Al cabo de un rato, al refugio de la oscuridad, él toma la palabra, al tiempo que apaga su último cigarrillo y espira la última calada:
– No se lo merecía, Ivy – me dice.
Por un segundo, creo notar sus ojos azules ligeramente más cristalinos, como si estuviera conteniendo lágrimas, pero el efecto se va casi al instante siguiente. ¿De qué me extraño? Ya hemos derramado todas las lágrimas que teníamos. Todos estamos cansados, hasta de llorar.
– Ninguno se lo merecía – contesto, y me arrepiento al instante siguiente.
No debería haber seguido por ahí, pero es tarde para remediarlo y, casi sin querer, he destapado el tema tabú.
Él se limita a sonreír cansadamente antes de continuar, pero yo ya sé por dónde va a tirar.  
– Primero, fue mi madre. Después, tuvieron que asesinar también a mi padre. Ahora, se han llevado a Cho… ¿Cuántos más tienen que morir, Ivy? Dime, ¿a cuántos más tenemos que perder?
Por desgracia, para eso no tengo respuesta.
– Lotus…
– Por favor, no me llames así. No merezco el nombre. Tenía que apoyarla y no fui capaz. ¡Fui completamente inútil! – sus palabras se alzan de tono, a la par que el nivel de rabia en sus venas, y la frase termina junto con el sonido del rebosante cenicero al estrellarse contra el suelo.
El cenicero se rompe, las colillas se esparcen por las baldosas y nuestros zapatos. Él continúa agarrándose a la barandilla con fuerza. No sé si por miedo a desplomarse o por temor a querer destrozar más cosas. Pero entonces repara de nuevo en mí. Como si terminara de encajar un resorte en su cabeza, mira al suelo y se da cuenta de lo que acaba de hacer.
– Lo siento, yo… – empieza, el pulso todavía le tiembla del arrebato de ira que condenado al cenicero a añicos.
– No importa – me apresuro a contestar mientras veo como boquea en busca de aire, como un pez fuera del agua.
El tabaco no le ha ayudado tanto como él esperaba.
Me agacho para recoger los cristales con intención de dejarlos en la mesa de jardín que tengo justo detrás, pero él se agacha a mi lado antes de que pueda incorporarme. Me sujeta las manos con cuidado para que no me corte y ante mis ojos, de un sutil movimiento ensayado quién sabe cuántas veces,  como si fuera un mago de guante blanco, el cenicero empieza a revertir su estado y, como no podía ser de otra manera, las colillas también vuelven a su lugar.
Después,  lo coge con cuidado y se adelanta a mis movimientos dejándolo en un lugar seguro, la ancha repisa de la ventana del ático, para que no vuelva repetirse. Supongo que será para seguir fumando asomado a la ventana una vez me haya ido, pero prefiero no decirlo en alto. He notado que la repisa tenía la marca, así que también puede ser que simplemente sea su sitio habitual.
– Por cierto, ¿qué será de Reisei ahora que ya no está Cho?
– Halcón se hará cargo de su entrenamiento – contesto mientras me abrazo los hombros.
Está empezando a refrescar.
– Será un buen maestro para ella – observar él.
– Tengo fe en que así sea... Pero su poder es tan… tétrico a veces.
– Es normal que te lo parezca. Es completamente opuesto al tuyo. Tú eres la Vida, ella se encarga de la Muerte. Y se volverá más poderosa cuando se dé cuenta de hasta dónde puede llegar. Eso será bueno para el grupo cuando llegue el momento.
– ¿Es una de tus premoniciones? – pregunto entonces.
– Sí, algo así. No lo he visto, si es lo que me estás preguntando, pero puedo afirmar que ocurrirá. Llamémoslo corazonada más que premonición.
– Bueno, aceptaré tus corazonadas igualmente. Sueles acertar demasiado como para no tenerlas en cuenta.
– Lamentablemente, no siempre.
– Aún tienes mucho poder que desarrollar. Date tiempo.
– Tiempo… – comenta él, y sonríe ante su propia observación –. ¿Qué tal está Reiji? Siendo alumno de Taka con todo lo que ha pasado, tiene que ser duro para él.
– Pues la verdad es que Reiji se lo ha tomado bastante bien. Me sorprende tanto como a ti. Solo espero que su estado no sea temporal.
– ¿Y Taka? – insiste él.
– Taka se ha… limitado a encerrarse en sí mismo un poco más – contesto mientras siento una dolorosa punzada en el pecho.
Él suspira mientras se vuelve a apoyar en la barandilla, pero no dice nada más.
– ¿Y tú? ¿Qué tal estás tú?
El pinchazo me taladra el corazón como un aguijón envenenado. No puedo evitar agarrarme a la barandilla cuando recuerdo toda esa sangre, por todas partes y… a Cho se le escapa la vida a borbotones rojos. Apenas fui capaz de estabilizar a Lotus. Cho había hecho de escudo para ambos. No pude hacer nada por ella. Aún me maldigo, aún me duele. ¿El poder de la Vida? ¿Entonces por qué murió en mis manos? La verdad es que estoy aquí tratando de ayudar a Lotus a acertar la muerte de Cho cuando yo me he obligado a no pensar en ello sólo para no derrumbarme. Tengo que ser fuerte, tengo que ser fuerte. Y aun así no puedo evitar que el pulso me tiemble y sentir nauseas al recordar la escena. Hasta que me obligo a bloquearla, como Halcón me enseñó, y recupero la compostura justo a tiempo.
Yo soy la adulta, yo soy la que tiene que mantenerse firme. Yo soy la que tiene que ayudarles. Si no lo hago yo, no puedo pedírselo a nadie. Respiro hondo, tratando de que él no repare en mi estado, aunque sepa que ya lo ha hecho. Simplemente lo está ignorando, porque sabe que lo necesito.
Termino no contestando a la pregunta, pero él no insiste en ello. Es más, me pide disculpas, a las que yo me apresuro a quitar importancia. Lo ha hecho sin querer. Al igual que yo se lo pregunté porque estaba preocupada, es normal que yo haga lo mismo.
Respiro hondo una vez más, hasta que soy capaz de seguir con la conversación. 
– ¿Se lo has dicho ya a Delia? – pregunto con cautela, saltando de un tema hiriente a otro parecido.
– No – su respuesta es rotunda –. No he sido capaz…
– ¿Cuántos años tiene ya?
– Doce. Pero no puedo decírselo, Ivy. No aún. No después de todo lo que ha visto. Es fuerte, lo sé, pero no tanto como nos quiere hacer creer. Se obliga a sí misma a sonreír cada mañana, a hacer sonreír a los demás con su encanto, pero en verdad todavía está destrozada por lo de papá… No puedo hacerle más daño.
– Tendrás que decírselo tarde o temprano. Empezará a preguntar en unos días.
– Lo sé, pero serán unos días más de paz. Aunque después me odie.
– ¿Qué piensas hacer ahora?
– De momento, Ángelo nos acogerá hasta que encontremos algo mejor. No podemos arriesgarnos a seguir en ese piso.
– Sabia decisión. Sabes que puedes contar conmigo siempre que lo necesites, y no sólo en caso de urgencia médica.
– No te molestes, Ivy, pero creo que ya te debo demasiado. Te debo la vida y varias veces.
– Nadie debe nada en familia, te vendría bien recordarlo.
– Lo intentaré – contesta él, pero su pícara sonrisa me da a entender que terminará haciendo lo que le apetezca, para variar.
Por un momento, he visto a Júpiter en vez de a Lotus. La única diferencia es…
– ¿Te has vuelto a cortar el pelo? – me acabo de dar cuenta de que prácticamente se lo ha rapado.
Ha dejado lo suficiente para aderezárselo con un poco de gomina, pero nada más.
– Es demasiado llamativo. Así es más fácil llevar pelucas o teñirlo.
– Es igual que el de tu padre, deberías estar orgulloso. Además, te queda mucho mejor largo.
– Gracias por el consejo. Lo tendré en cuenta para el futuro.
Nuevamente, dudo mucho que me vaya a hacer caso, pero al menos se lo he dicho.
Suspiro, observando por última vez el paisaje nocturno. Justo entonces, una de las zonas se vuelve oscura. Ya lo recuerdo, han reforzado la vigilancia. Han restringido más terreno. Todo por nuestra misión fallida y por la mentira popular de que somos terroristas. La mitad de los incidentes que nos atribuyen, los causan ellos mismos. La otra mitad o se los inventan o los desfiguran a su gusto. Nos han convertido en los malos de la película, en la abstracta figura a la que temer y a quien culpar por todo lo que están haciendo. Somos la ficticia amenaza en la sombra mientras la real se esconde a la luz del día como protector del pueblo.
Pero contraatacaremos  estoy segura. Solo que, de momento, tenemos que recuperarnos de este varapalo, que ha sido más violento de lo que ninguno esperábamos.
Lo único bueno de esto es que, por lo que parece, Lotus ya está más tranquilo. Se le ha enfriado un poco la sangre y al menos ya no existe el riesgo de que haga ninguna tontería por su cuenta. Logrado esto, poco más puedo hacer ya aquí.
– Creo que es hora de que me vaya – digo entonces –. ¿Estarás bien esta noche? – pregunto por si acaso.
– No te preocupes – responde él –, sobreviviré.
Noto cierto sarcasmo en la última parte, pero lo dejo pasar.
– Buenas noches entonces. Cuídate y dale recuerdos a Delia.
– Lo mismo, y así lo haré – contesta acompañándome hasta la puerta de cristal, donde me despide finalmente –. Hasta mañana.
– Hasta mañana.
Dejo el ático deseando que esta conversación haya servido para algo. No llego al ascensor cuando empiezo a escuchar la música. Un piano, manos firmes, notas ahogadas por varias capas de toallas que amortiguan las teclas. Había olvidado que a los dos hermanos les gusta la música. Lástima que la pieza sea tan triste.
Aunque, dadas las circunstancias, yo también habría escogido ese tipo de pieza. Un réquiem por Cho, un réquiem por la mariposa, a la que recordaremos por siempre. 

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UNO: «Las hadas no existen y, si se empeñan en hacerlo, ignóralas.»

jueves, 31 de enero de 2013

Es una realidad que no me puedo estar quietita en un sitio sin que me empiecen a abordar ideas a cada cual más loca que la anterior. Bien, ésta se trata de una de ellas y, junto con el prólogo de "El sepulcro de hielo", está empezando a tomar forma. Ya puedo dejar de llamarlo "Proyecto Ensueño" para mis adentros, porque ya le he puesto hasta título.
Os presento el pequeño avance de lo que es el primer capítulo de "¡Ni en sueños! (An UNfairy tale)".
¿Qué os parece el carácter de la protagonista? 




                Mi nombre completo es Alethia Emelia Karen de Phantasos y enterarme fue el primer gran susto de mi vida. Por cierto, al primero que me llame así, le dejo sin muelas. Después ya negociaremos los costes del dentista.
Al parecer fue idea de mi padre, al que conocer lo que es conocer, realmente no conozco del todo. Recuerdo demasiado poco de esa figura alta y, curiosamente, con tendencia a salir borrosa en las pocas fotos que mi madre consiguió sacarle (casi preparándole emboscadas). Mi madre aplaudió la idea, así que aquí me tenéis. Tengo tres nombres y tan poco corrientes que no sé cómo es que les dejaron inscribirme en el registro. Tengo una pequeña teoría que vuelve a implicar a mi padre y su peculiar técnica de persuasión, que mala no es si ha conseguido a convencer a la cabezota de mi madre y al señor que me metió en el sistema. Lo que más me sorprende a día de hoy es que el sistema no diera problemas.  
Sin embargo, para mi infortunio, el nombre no fue el único “legado” que mi padre me dejó antes de esfumarse de mi vida, detalle por el cuál a veces le guardo un poco de resquemor. De hecho, no sabría decir si le guardo más resquemor por que se fuera o por hacer que yo me sienta un bicho raro cada vez que alguien se da cuenta de lo peculiar de mis rasgos.
El primero de ellos, para empezar suave, son mis ojos azules. Sí, bueno, nada especial en apariencia. El caso es que… tienen la curiosa manía de brillar cuando hay luna llena. La de veces que he tenido que soportar bromitas de si es por ser hombre lobo o vampiro. Idiotas, si ellos supieran…
El segundo fue que, cuando me vino mi primer periodo, se me revolucionaron las hormonas y… mi pelo pasó de un azabache precioso como el de mi madre a un tono berenjena oscuro y desconcertante que, junto con los ojos, parece empeñarse en destacar sobre la oscuridad. Sí, no necesito pinturas fluorescentes para que se fijen en mí si camino de noche por la carretera, las tengo de serie.
Mi madre no pudo enamorarse de otra persona, no. Tuvo que escoger a un… un… Bueno, al parecer es de linaje noble y de lo que ellos llaman “el Reino Onírico”, el reino de los sueños, que, hablando claro, es el mundo de las hadas. ¿A que ahora ya no tiene tan poco sentido eso del pelo morado? Y, sí, mi padre es un… “hado”, lo que me convierte a mí en algo muy raro. Medio hada, medio humana. Todavía estoy digiriendo ese estado, así que no sé cómo llamarme a mí misma.
Pero, si ya pensáis que esto ya raya el límite de la cordura, mejor no sigáis leyendo, porque todavía no os he hablado de mis capacidades extrasensoriales (a veces, tremendamente molestas).  Pequeños flashes que no deberían de suceder, unas alas ocultas bajo una chaqueta que nadie percibe, animales antropomorfos que cogen el metro para ir a trabajar o extrañas mascotas camufladas bajo la apariencia de un tierno terrier. Quizá el artista callejero con sus marionetas en verdad esconde unos pies de fauno bajo el largo abrigo. Puede que la profesora de literatura que tanta manía me tenía tuviera algo más de ogro que el sentido figurado. Incluso me planteo una teoría bastante consistente sobre la vecina agorafóbica del piso de arriba obsesionada con los gatos. Actualmente, el mejor uso que le encuentro a esto es para asegurarme de que estoy en contacto de hadas el menor tiempo posible. Cuanto más lejos de sus problemas y sus royos de cortes, mejor para mi salud (tanto mental, como física). Pero, es curioso, no siempre les tuve tanta “alergia”.
Cuando era pequeña tenía tantos amigos imaginarios (o al menos el resto del mundo pensaba que sí lo eran) que no tenía interés en hacerlos de carne y hueso. Era más divertido hablar con las hadas, ¿verdad? Sí, yo pensaba lo mismo hasta que, bueno, algo me hizo cambiar de opinión de forma radical. Pasé de aceptar mis ojos azules (el pelo morado vino más tarde) a tratar de convencer a mi madre de que me dejara usar cualquier tipo de lentillas. Años más tarde descubrí que ni las lentillas cubrían el brillo, al igual que también averigüe por las malas que el morado de mi pelo prevalece incluso con el más profundo de los tintes.
Pero, ¿qué puede ser tan traumático para una niña como para decidir que no quiere mezclarse con hadas durante lo que le queda de vida? Bien, ese fue el día en que descubrí el último de los dones que heredé de mi padre  y fue cuando, sin querer, sin saber ni entender, me catapulté de forma imprevista al Reino Onírico, del cual a día de hoy todavía no sé salir de forma voluntaria.

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Avalon entrena

viernes, 4 de enero de 2013

La imagen que he escogido en esta ocasión no se corresponde del todo con el trozo que viene a continuación pero me pareció muy descriptiva con el ambiente que quería describir. 
La canción que he escogido es la siguiente: "The Truth -Audiomachine"



Salgo de casa, con las llaves colgadas al cuello con un lazo y una pequeña riñonera donde guardo las gemas con alguna cosilla más de interés. He cambiado la trenza por una coleta bien alta, para que no me moleste en la cara y me he atado una sudadera en la cintura. Tras asegurarme que estoy sola, empiezo a trotar hacia el lago. Primero es mejor calentar un poco y hacer algo de ejercicio físico. Después ya podré empezar con los “fuegos artificiales”, como Raven los ha llamado más de una vez. Pero hoy no practicaré con el fuego, no. Es demasiado tentador vivir en una finca con lago propio. Tengo ganas de saber hasta dónde puedo llegar sin gemas.
 Así, llego a la orilla del lado, por segunda vez en el mismo día. Me dedico a terminar el calentamiento antes de ponerme a hacer locuras. Después, me descalzo y, de la riñonera, saco un rotulador. Es waterproof y especial para escribir en la piel, así que, ni corta ni perezosa, me pinto una runa en cada empeine. Repito la operación con las muñecas. Me cuesta especialmente usar la mano izquierda pero, de tantas veces que lo he hecho, lo consigo a la primera.
Guardo el rotulador, cojo una rama, ato en ella con cuidado una de mis preciosas gemas, un zafiro. Me aseguro de que no se va a soltar por mucho que la agite. Sólo entonces, me acerco a la orilla.
La primera ola moja mis pies descalzos, me estremezco de pies a cabeza. Doy un paso, y noto las salpicaduras de la segunda. Al cuarto paso, sólo noto las ondulaciones del agua bajo mis pies. Camino por encima de ella, despacio, sintiendo lo fría que está, pero a su vez también cómo se apacigua en función de mis deseos y, lo más importante, cómo en mi interior esa fuerza que tanto echaba de menos empieza a latir suavemente. Es lo que mi tía llamaba el “corazón del dragón”. Así como el centro del poder mental de Raven se manifiesta en sus ojos,  el de Libélula en su mente y el de Libra en sus propias manos, mi corazón es mi fuerza. Por eso a veces Ivy dice que soy una cabezahueca impulsiva, que no tengo remedio. ¿Pero acaso no es impulsivo el fuego? Yo lo llevo ardiendo en el corazón.
Me pongo de puntillas, alzo los brazos, echo la cabeza hacia atrás. Cierro los ojos momentáneamente, noto cómo el agua a mi alrededor está en tensión. Entonces, los abro, y bajo con fuerza el báculo. El agua, a mi señal, se levanta. Giro sobre mi misma, el agua me sigue. Hago que el báculo gire en mi mano, el agua se retuerce con él. Alzo los brazos, el agua sube sin dejar de moverse en círculos. Invoco un segundo chorro que se une y se entreteje con el primero. Después, un tercero. Luego, un cuarto. Hasta que casi me encuentro encerrada en una jaula de hebras acuáticas. Entonces, bajo el báculo, y las hebras bajan, para alzarme sobre ellas. Me empapo entera, tiemblo hasta la médula de frío, pero no me detengo. Sigo haciendo que el agua siga fluyendo y que el pilar en el que me sostengo siga creciendo. Hasta que al fin puedo ver el resultado final: mi serpiente marina inclina la cabeza hacia mí y soy capaz de trepar a su espalda desde la columna acuática que me sostiene justo en medio de su serpenteante cuerpo.
Sin embargo, noto el flaquear de mis piernas, me tiemblan, y no por el frío. He usado demasiada energía y sin apenas gemas que me ayuden a dominar la enorme criatura que me he propuesto crear. No llego a subirme completamente. La serpiente se deshace antes. Se deshilacha en un montón de hebras acuáticas que no puedo mantener consistentes durante mucho más. Antes de que pueda reaccionar, éstas estallan en millares de pequeñas gotas cristalinas que se sostienen en el aire momentáneamente y, acto seguido, caen de vuelta al lago al que pertenecen, y yo con ellas.
           Me zambullo en el agua helada durante unos instantes. Me mareo durante unos segundos, me desoriento por la caída y mi falta de fuerzas, hasta que las runas de mis manos y pies tiran de mí hacia afuera y al fin saco la cabeza. Respiro hondo recuperando el aliento y miro hacia arriba, donde las gotas más ligeras siguen suspendidas creando una pequeña lluvia y, ante mi sorpresa, un pequeño arcoiris al incidir sobre ellas el que puede ser el último rayo de sol en lo que queda del año. Sonrío sin poder evitarlo y, antes de quedarme helada, empiezo a nadar hacia la orilla. 

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El sepulcro de hielo

viernes, 28 de diciembre de 2012


Nuevo proyecto en el que me estoy empezando a centrar a la par que Raven. 
Espero que os guste cómo pinta ;). 
La canción que he escogido la voy a dejar con un link, puesto que el reproductor ha muerto de forma definitiva, y es  "Find your way", del FFVIII. 



El jefe de la guardia suspiró. Parecía que ese era el lugar, así lo indicaban los primeros arcos de hielo a cielo abierto que conducían hacia la puerta diamantina. Le había costado llegar más de lo esperado, y eso que ya le habían puesto sobre aviso acerca de la dura travesía hacia las Tierras del Invierno. Sin embargo, tenía que verlo con sus propios ojos. Tenía que verle por última vez, a pesar de estar sumido ya en el Sueño Eterno. Más de una vez casi había sucumbido a la Tristeza, casi, pero no por nada había llegado tan lejos en sus aspiraciones. Así fue como sobrevivió a los páramos. Así es como llegó a la prisión.
Bajó de su montura y caminó por la nieve. La armadura brillaba  con el destello del sol de invierno. Con cada paso, la nieve virgen crujía bajo sus pesadas botas. Cada vez que respiraba, una nube de vaho le recordaba la temperatura a la que se encontraba. Por suerte, había sido previsor. Viajaba con la indumentaria adecuada y un par de encantamientos de emergencia. Además de chocolate. Aunque no lo había llegado a probar, podía haberle salvado la vida al luchar contra el pesar que impregnaba cada copo, cada trozo de hielo.
La nieve caía, impasible. Era consciente de cómo iba cubriendo sus hombreras y anidaba en sus cabellos. Decían que nunca dejaba de nevar, que era el castigo de esa región por las afrentas pasadas. Había quienes afirmaban que eran lágrimas congeladas. Quizá por eso, pensó, la gente de las nieves siempre parecía melancólica y alicaída. Seria y de tez grisácea. Pero él también se sentiría así si tuviera que vivir en un lugar como éste, velando los sueños de los condenados. Porque era lo único que hacían allí. Ellos eran los carceleros de los Dormidos, los Penitentes. Aquellos que estarían lamentándose de su falta eternamente. Un destino, a su parecer, mucho peor que la muerte, que el desvanecimiento, que el olvido. Quizá esa tristeza, la de los propios reos, su sufrimiento, era lo que hacía precisamente que nevara por siempre. Todo podía ser. Causa y efecto, muchas veces se funden y se confunden.
Se llevó la mano al pecho antes de cruzar el último de los arcos. Ahí la congoja, la presión, era mucho más intensa. Era agónica. Pero se armó de valor y avanzó. Ya había llegado demasiado lejos para echarse atrás.
Al fin, llegó a la puerta. Allí ya le estaban esperando. Eran dos, de raza nívea, lo sabía sólo por los párpados blanquecinos y los ojos azules, pues se hallaban cubiertos de pies a cabeza. Los dos lucían armaduras de la guardia invernal y enarbolaban pesados báculos con brillo glacial.
– Le estábamos esperando, señor – murmuro el primero de ellos –. Mi nombre es Zholt. Espero que no haya tenido problemas para encontrar el lugar.
– No demasiados – mintió, pero no tenía ganas de rememorar la travesía. Se resumía en frío, ventiscas y hielo. Y mucha nieve. Nieve por todas partes –. Soy Alisthar Filocertero, guardia de la Casa del Mediodía.
– Lo sabemos – contestó el segundo –. Mi nombre es Sohrem y hoy seré su guía. Acompáñeme, por favor.
Diciendo esto, alzó el pesado báculo, que centelleó en un breve parpadeo. Al instante siguiente, toda la puerta empezó a desprender un enigmático fulgor. Ni siquiera Alisthar había contemplado algo parecido durante sus años sirviendo a la Corte. No puedo evitar que se le escapara una media sonrisa de aprobación.
Entonces, la puerta comenzó a abrirse sola, como empujada con una gran fuerza invisible, dejando al descubierto el inicio de un pasillo de cristal custodiado por un centenar de columnas translucidas que se retorcían hasta el alto techo. Allí volvían a estar una vez más los arcos.
– Aquí la magia es poderosa. Aquí duermen muchos sueños truncados, y muchas más pesadillas. Por eso no debe entrar nunca sin un guía. Podía desorientarse y perderse y acabar como ellos…
– Es bueno saberlo – observó él ante el poco alentador consejo.
Sonaba aterrador, a pesar de ser totalmente cierto.
En cuanto ambos cruzaron el umbral, la puerta se cerró tras ellos. Durante unos instantes se hizo la oscuridad, a excepción del tétrico báculo que Sohrem sostenía con firmeza y convicción.
                Entonces, los arcos comenzaron a brillar tenuemente, marcando el camino a seguir.
                – Interesante… – murmuro Alisthar.
                – Se lo dije, señor. Magia antigua – dijo Sohrem a su lado mientras echaba a caminar.
                – ¿De cuándo data este lugar?
                – No lo sabemos, señor. Es anterior a un momento que alguien pueda recordar.
                Alisthar asintió. Sí, era uno de esos lugares ancestrales anterior a la unión de las Cortes, anterior a la Tregua, cuando la magia era salvaje. Pero la Unión había sido necesaria para no terminar destruyéndose unos a otros y la Tregua había sido la solución. La misma que ahora pendía de un hilo debido al sujeto por el que había decidido viajar hasta ese maldito agujero helado.
                Al final del largo pasillo empezaban las escaleras de cristal hacia las entrañas de la tierra. Los peldaños flotaban equidistantemente con elegancia. Sohrem fue el primero en entrar y, al igual que con los arcos, ésta vez fue la superficie de los peldaños la que comenzó a desprender un suave fulgor. Sin embargo, era más tenue que el de los arcos. Ahora lo que más brillaba era sin lugar a dudas el báculo del vigilante.
                Sin rechistar, Alisthar siguió a su guía. Vigilaba en todo momento dónde ponía los pies, por miedo a caerse. Sin embargo, cuando Sohrem le aseguró que los escalones sólo caerían ante una gran brecha en el flujo de magia, al fin se pudo centrar en la verdadera naturaleza del oscuro túnel que estaba recorriendo. Cuando se alzaba la mirada del camino luminoso, su verdadera naturaleza se revelaba.
                Las paredes eran traslúcidas. En ellas, encerrados en ataúdes helados, en prismas eternos, dormían los Condenados. Distinguía razas, formas, vestidos, armaduras, joyas, épocas, eras. Nada de eso importaba en un lugar como ese. Porque dormirían allí eternamente.
                Por suerte, el muro no le dejaba ver sus rostros. Sus identidades permanecerían perdidas en el anonimato de ese devastador lugar. Hasta consumirse ni recordar siquiera quiénes fueron.
                – ¿Cuántos hay? – preguntó Alisthar manteniendo firme la voz a pesar de la sorpresa.
                – Miles.
                – ¿No hay un número más exacto?
                – Puede, pero hace siglos que dejamos de contar. Hubo una época en que venían demasiados. Ahora es casi un hecho insólito.
                – La época de las Cortes.
                – Así es, señor.
                La escalinata parecía eterna y la sensación de opresión estaba atormentándolo cada vez más. Ese lugar realmente era capaz de hacer recordar al alma más pura sus peores faltas.  Hasta aquellas que él mismo había olvidado volvían a su mente con más fuerza. Llegado a un punto del camino, se vio obligado a parar. Si seguía empeorando a ese ritmo, la tristeza le consumiría antes de ser capaz de poner frente a frente con el sujeto. ¿Había llegado tan lejos para tener que dar la vuelta?
                – ¿Se encuentra bien?
                – ¿Cuánto falta? – contestó él.
                – Demasiado para su estado – respondió el vigilante sin pizca alguna de emoción en su voz.
                Realmente parecía que se les había helado el corazón. Podía ser la única explicación por la que ellos podían sobrevivir.
                – No voy a dar la vuelta… – empezó él.
                – No será necesario – dijo Sohrem mientras alzaba la mirada hacia su báculo.
                Lo inclinó levemente y la tenue luz se derramó sobre el abatido Alisthar. Al instante siguiente, el Pesar se aligeró. De repente, podía continuar.
                – ¿Qué me has hecho? – preguntó.
                – Le he ayudado un poco, señor, pero me temo que no durará mucho. Es mejor que nos apresuremos.
                – ¿Dónde está el prisionero?
                – Los más peligrosos son los que están más abajo. Tienen una cámara individual, para garantizar que no despierten.
                – ¿Tan peligroso creen que es?
                – Mató a un Rey – dijo él simplemente.
                Alisthar asintió y bajó brevemente la cabeza. Todavía no conseguía creérselo, no podía ser que existiera alguien con semejante poder. El Rey Grifo muerto, era prácticamente imposible. Por eso tenía que llegar al fondo del asunto. Tenía que enfrentar a aquel que urdió tal horrendo crimen. Estaba seguro de que ese individuo no actuó solo. Estaba seguro de que detrás de la muerte del Rey Luminoso se escondía una conspiración más profunda.
                Revitalizado por el efecto del báculo, se obligó a sí mismo a seguir a Sohrem. Sólo un poco más, un poco más. Entonces, al fin le tendría de frente.
                Tras lo que pareció una eternidad, al fin las escaleras terminaron. El frío parecía haberse incrementado con cada peldaño descendido. Incluso…
                Levantó la cabeza y miró a su guía. Éste no necesitó que dijera nada. Comenzó a responderle.
                – ¿Lo nota? Es el Sueño. Traspasa los límites de las prisiones, para asegurar que los reclusos no despierten. Avíseme a tiempo si cree que no puede soportarlo.
                – Está bien… – asintió él.
                De todas formas, no podía hacer otra cosa. No quería quedarse encerrado en ese lugar por siempre.
                – Por aquí – dijo entonces Sohrem.
                Comenzó a guiarle a través de un elaborado pasillo esculpido en la piedra, ¿o era hielo? La oscuridad le impedía tener más detalle. La piedra y el hielo podían confundirse en un lugar como aquel.
                Cada cierto tiempo, una llama azulada se prendía en los recovecos de las pareces.
                – ¿Fuego azul? – preguntó él.
                – Sí, fuego frío. No podemos arriesgarnos a traer calor.
                – ¿Desharía el Sueño? – preguntó extrañado.
                No podía ser tan sencillo. No podía tener un punto débil tan obvio
                – No, perturbaríamos a la magia.
                – ¿A la magia?
                – Sí, la Magia Antigua. Es demasiada para contenerla. El Sueño la mantiene bajo control, aletargada. El frío la mantiene estancada. El lugar y la magia están en armonía. Es mejor no tentar al destino y romper ese equilibrio.
                Alisthar se limitó a asentir. Sabía que era la Magia Antigua, aquella anterior a la unión, o más atrás, anterior a la primera separación. Se decía que ese tipo de magia nació con el mismo Ensueño, el mundo que originó los Reinos. Por eso, hacía mucho tiempo que se había olvidado la forma de controlarla. Simplemente, se la dejaba existir. Aunque quizá era más acertado decir que era ella la que les dejaba existir.
                Durante el avance, pudo contar varias puertas. Todas cerradas y con las juntas recubiertas de hielo, como si no si hubieran abierto en decenios, ni tuvieran intención de hacerlo en un futuro inmediato. En cualquier momento, podrían convertirse en parte de los muros y nadie lo notaría.
                Entonces, Sohrem se detuvo, y Alisthar le imitó.
                – Ya hemos llegado – anunció, y alzó una vez más el báculo.
                Dos enormes candiles se prendieron con llamas azuladas a ambos lados de una gloriosa puerta en la que se apreciaba con enorme claridad un mural helado de aquel que dormitaba en su interior. Se veían las alas, la capa negra destrozada, la capucha que no dejaba ver su rostro más allá de su boca, las enormes garras sosteniendo una espada, con la que se cree que mató al Rey, pero que jamás se pudo encontrar, y los rasgos de bestia. Sí, era una bestia. Tenía colmillos y ojos animalescos. Y todo sólo mirando a la puerta. Aun así, en ese mural hasta parecía más humano de lo que en realidad era. La expresión de sus labios era la de alguien sufriendo.
                – ¿También la magia? – preguntó refiriéndose a la puerta.
                – Sí, señor. La puerta siempre adquiere la forma de aquel que guarda.
                – ¿Por qué las otras que hemos visto no?
                – Porque esas eran sólo entradas a corredores secundarios. Esta es la mayor de ellas. La más segura.
                Él asintió una vez más. Tenía sentido. Todo lo que le había estado diciendo hasta ahora. Pero nunca había estado en uno de esos lugares y se sentía abrumado y perdido a partes iguales. Siempre se había considerado a sí mismo alguien con buenos conocimientos. A partir de ese día podía afirmar que tenía que romper sus propias barreras. Necesitaba saber más. Pero después de hacer lo que había venido a hacer. No sabía cuánto resistiría la barrera, y ya estaba empezando a ceder. La presión de la Tristeza estaba volviéndose más fuerte.
                – Adelante, ábrela – pidió.
                Con un golpe seco en el suelo del báculo, la puerta comenzó a abrirse, rompiendo el hielo que se había formado en sus bisagras, quebrando la escarcha de las juntas, haciendo que se desprendiera el relieve del mural.
                Dentro, como ya sabía, estaba él.
                La estancia era circular. En el suelo se podía observar el círculo rúnico que anclaba al prisionero a su prisión. De cada glifo mayor brotaban fantasmales cadenas que se enroscaban en torno al ataúd cristalino y, en el centro del círculo, en su prisma helado, se hallaba él. Esa criatura antropomorfa de especie inclasificaba e identidad desconocida. No se habían atrevido a despertarla para interrogarla. Había sido contenida por el mismísimo León Alado, el Rey Oscuro, que fue lo único que pudo hacer para vengar la muerte de su hermano. Llegó tarde para salvarlo, pero atrapó al traidor de su propia Corte.
                Se rumoreaba que podía haberse expuesto a varias maldiciones por propia voluntad para ganar poder. Se barajeó la posibilidad de que, simplemente, se descontrolara y enloqueciera por ser incapaz de manejar semejante poder. Otros dicen que vendió su alma al Olvido para poder urdir ese crimen. Los más atrevidos sugieren que fue mandado por el propio Rey que le dio caza. Pero esos rumores no llegaron a más, porque el Rey Oscuro ahora estaba sólo en el trono, pero no podría ocupar el lugar que su hermano gemelo dejó. Un rey para cada trono y ambos reinando como uno. Así era la regla y así debía mantenerse. No había ganado nada con el asesinato. Sólo perder un hermano y arriesgar la unión de las Cortes. No tenía sentido. Pero tampoco se había probado su inocencia. Simplemente se enterró bajo el hielo al mayor de los testigos y se tiró la llave de su celda.
                Todos tenían miedo de la ruptura de la Tregua, tanto que ni siquiera se habían hecho preguntas básicas. Como, por ejemplo, si el sujeto estaba maldito o si hizo el ritual del Olvido para aumentar su fuerza, ¿quién le ayudó a hacerlo, de dónde sacó ese conocimiento? O elementos más banales: ¿cómo se coló en las dependencias privadas del Palacio del Sol?
                Nada tenía sentido. Nada cuadraba. Faltaban piezas y él no sabía por dónde empezar.
                – ¿Puedo estar unos minutos a solas? – preguntó entonces.
                No se sentía demasiado cómodo pensando en temas como ese con el vigilante cerca. Era como si pudiera leerle la mente. Necesitaba pensar con claridad.
                – No podrá hacer que despierte, señor. Es imposible, además de una locura.
                – Lo sé, lo sé.
                – No podrá responder a ninguna de sus preguntas, señor.
                – Lo sé – repitió cansado –. Sólo necesito unos minutos. ¿Es posible?
                – Por supuesto, señor. Estaré fuera. Avíseme si necesita algo. No se entretenga demasiado, el escudo no resistirá.
                – Está bien – contestó él mientras observaba cómo Sohrem salía de la estancia y montaba guardia en la puerta.
                Suspiró, agotado, y observó cómo el vaho se escapaba de su boca. Sí, hacía frío.
                Alzó la cabeza una vez más hacia el prisionero. Tan cerca y a la vez tan lejos. Todas sus respuestas estaban congeladas en el hielo. Le habían quitado la capucha y podía ver su rostro, incluida la desfiguración de sus dientes, que sobresalían por sus comisuras y la gran cantidad de pelaje negro que, de forma antinatural, cubría sus facciones. Si sólo pudiera encontrar la espada…
                Ya le habían registrado, no la llevaba encima. Tampoco había mucho que esconder dado el estado de sus ropas. No parecían ser viejas pero, aun así, estaban muy deterioradas. Ni siquiera llevaba botas. De hecho, hubiera sido imposible que las llevara, sus pies (o patas) no tenían la forma apropiada. La camisa, o lo que quedaba de ella, estaba prácticamente hecha tiras y en el pecho… En el pecho.
                Una exclamación de asombro se escapó de sus labios. Por la posición de las manos, reposando sobre su torso, casi se le pasa por alto. De hecho, casi parecía que las manos estaban así por ese mismo motivo. Para que no se notara.
                Dio dos pasos, en dirección al reo. Trató de discernir, agudizó la vista. Estaba casi seguro de lo que veía. Casi. Si sólo pudiera tener una mejor perspectiva…
                La puerta crujió sobre sus bisagras y le hizo girarse con un sobresalto. Acto seguido, reconoció la silueta que cruzaba el umbral, majestuosa y gloriosa como cabía de esperar de alguien de su estirpe. Era a quien jamás esperaría ver allí. Aquel a quien ni siquiera había informado de su viaje. Como acto reflejo, hincó la rodilla en el suelo y se inclinó ante él. Aunque no fuera de su Corte, seguía siendo Rey. Ayron, el León Alado.
                – Mi señor… – dijo –. No esperaba encontrarle aquí.
                – Levanta la rodilla, Alisthar. No es necesario, nos conocemos desde hace demasiado.
                Abrumado, Alisthar obedeció. Nunca había tenido especial trato con Ayron. Siempre se había sentido más fiel a Eithan, dado que eran de la misma Corte. Por eso mismo se había arrastrado hasta el fin del mundo buscando… ¿buscando qué? De momento no tenía nada. Sólo un mal presentimiento y un par de extrañas casualidades.
                – Mi señor, no sabía de su visita.
                – Oh, pero yo sí de la vuestra. Vine para comprobar que todo estaba bien.
                – Sí señor, todo bien. Sólo necesitaba… tenerle delante – contestó, no quería dar mas detalles.
                – Entiendo. Yo también le echo de menos, Alisthar. Pero ahora hay cosas más importantes que atender que seguir llorando su pérdida. Llevamos llorando demasiado tiempo. Es hora de elegir soberano e impedir que la Tregua se rompa. Es hora de volver al Feudo Gris…
                – Pero, señor, sigo sin comprender… – empezó, pero se detuvo.
                No obstante, no a tiempo, porque Ayron ahora le estaba prestando toda la atención del mundo.
                – ¿Qué no comprendes, Alisthar?
                Tragó saliva, sabiendo que ahora no tenía escapatoria.
                – ¿Por qué encerrarlo aquí? – dijo al fin, a sabiendas que no era la auténtica pregunta.
                – Porque este es el peor de los castigos. Es peor que la muerte.
                – Estoy de acuerdo, señor, pero… ¿no hubiera sido mejor interrogarle antes?
                – ¿Interrogarle? Mató a Eithan, es lo único que necesito saber. Yo mismo le detuve, Alisthar. Vi su poder. Es mejor que permanezca aquí, y que pague por la sangre que ha derramado.
                ¿Por qué sentía que Ayron no quería que estuviera ahí? ¿Por qué sentía que estaba tocando un asunto demasiado delicado? ¿Cómo podía llegar a alguna concusión teniendo al mayor de sus sospechosos al lado? Necesitaba espacio para poder observar más de cerca al prisionero. Necesitaba ver con más claridad lo que creía haber visto hundido en su pecho. Porque, de ser así, todo se volvería aún más complicado.
                Tenía que ganar tiempo, tenía que hacerlo. Sabía que si seguía a Ayron hacia el exterior, jamás podría volver. No le dejarían volver. O quizá tenía un trágico accidente en el camino, que ya era duro de por sí. Por tanto, esta era su única oportunidad.
                Lo único que se le ocurría era tratar de seguirle el juego y permanecer ahí todo el tiempo que el escudo de Sohrem resistiera.
                –  Quizá tenga razón, señor. ¿Me permite solo unos segundos? Después, si no le importa, aprovecharé su vuelta a las Cortes.
                – Por supuesto, Alisthar. Faltaría más.
                Alisthar inclinó la cabeza en señal de respeto y avanzó despacio hacia el prisionero. Inclinó la cabeza y examinó con atención el punto en el que creía haber visto el extraño objeto hundiéndose en su carne. Una esquirla negra, una estaca. Los objetos en el Ensueño no siempre eran lo que parecían. ¿Podía simbolizar una espada, un puñal en el corazón? La magia no mentía nunca, sólo tenía que interpretarse. Si había una espada en la puerta significaba que tenía que estar en la sala, aunque esa no fuera su auténtica forma.
                Entonces, si la figurada espada estaba hundida en su pecho, la siguiente pregunta era quién se la había clavado. ¿Ayron, como Rey Oscuro? ¿Eithan, antes de morir? No, no podía ser. Porque, de ser así, ¿por qué evitar que se descubra? Faltaba algo, faltaba algo importante. Una pieza clave que dotara a todo de sentido, algo que rebelara todas las cartas de la mesa que, de momento, eran demasiadas y bocabajo. ¿Pero qué?
                Un escalofrío recorrió su columna, detectó el fulgor por el rabillo del ojo. Saltó en el último instante. Cualquiera no lo habría podido hacer, pero él no era cualquiera. La esfera de energía chocó contra la prisión cristalina y se deshizo en una voluta negra, sin dejar siquiera un rasguño en la superficie.
                Alisthar desenvainó su espada, observó a su oponente. Sus ojos no le dejaban entrever sus intenciones, pero sí quedaba bien claro por el arma que empuñaba en su mano, la que le correspondía por derecho. Su símbolo de poder: La Vara de Erebo. Se decía que el hermano Oscuro sería el guerrero, poseedor del honor, mientras que el Luminoso poseería la sabiduría que guiaría al guerrero. Muerto el sabio, el guerrero parecía estar rebelando su verdadera naturaleza.
                – Ayron… Sabía que ocultabas algo – escupió Alisthar.
                Una tenebrosa sonrisa anidó en los labios del aludido.
                – Permíteme que lo dude, Alisthar. ¿Intuir? Se acerca, pero aun así es apuntar demasiado lejos. Sólo… – empezó, mientras la Vara comenzaba a cargarse de energía para asestar el golpe final – era algo a lo que te querías aferrar con todas tus fuerzas.
                Alisthar blandió con fuerza su espada, había sido forjada por el mejor de los herreros para ser capaz de hacer frente a la magia más poderosa, pero dudaba mucho que entre ellas estuviera el poder de la Vara. Ese poder era muy poco usual, era demasiado poder. Por algo era un objeto que sólo podía ser dominado por un Rey.
                – Adiós, Alisthar. Serviste bien a los Reinos – dijo entonces él con una sonrisa de triunfo en los labios.
                Ya creía que tenía la victoria en las manos. Hasta que la Vara demostró claramente su lealtad, y no era él. Así, esta rechazó a aquel que la portaba, y un chispazo de negra energía hizo que éste se viera obligado a soltarla, y revelando una nueva perspectiva para Alisthar.
                – No puede ser. Tú no eres Ayron, eres un usurpador. ¿Qué has hecho con los dos? ¡Responde!
                – ¿En serio crees que me voy a molestar en contestar a tus patéticas suplicas? Y desde luego eres más patético de lo que creía si piensas que necesito el poder de la Vara para vencerte.
                – No subestimes a tus oponentes, quien quiera que seas.
                – ¿Que no te subestime? Lo que hay que oír…  – pero en verdad estaba encantado de tener motivos para atacarle.
                Cargó energía, esta vez en sus manos, creando un orbe luminoso de relucientes relámpagos, que no dudo en arrojar contra Alisthar. Éste no pudo hacer más que desviarlo con la hoja de su espada, hecha para resistir, así como se vio obligado con los siguientes.
                – Sólo puedes defenderte, porque te es imposible atacar, ¿y dices que no te subestime? – se mofó el falso Rey mientras, cargando un nuevo orbe y aprovechando que Alisthar no podía parar de defenderse, recogió la Vara del suelo.
                Sin embargo, ésta vez la Vara no le rechazó. Sólo permaneció inerte,
                – Te equivocas, en ningún momento me referí a mí mismo – contestó éste.
                Entonces  el falso Rey vio lo que Alisthar había estado pretendiendo durante todo este tiempo mientras desviaba todos sus ataques, justo cuando éste hundió el filo de su espada en la última de las cadenas de hielo que sujetaban el eterno lecho del prisionero, la cual estalló en un millar de esquirlas de hielo. Desde el principio él ya sabía que no saldría jamás de aquel lugar, ni vivo ni muerto. Por eso no tenía nada que perder al intentar liberar al reo al que habían cargado todas las culpas. Ahora creía en su inocencia.
                – Dejaré que se encargue él – sentenció.
                Entonces, el hielo comenzó a quebrarse. Primero, una pequeña brecha.
                – ¡NOOO! – gritó el usurpador lanzando el último proyectil, que Alistar interceptó una vez más e incidió directamente sobre el prisma de hielo.
                Así la grieta se hizo más grande. Así el ataúd cristalino se quebró. Así el preso abrió los ojos, unos ojos negros, y se abrió paso a través de su prisión.  El falso Rey tuvo tiempo para cubrirse, mas Ailsthar no tuvo tanta suerte, en ninguno de los aspectos.
                Esa fue la forma en la que la gran bestia se escapó, sin que nadie, ni siquiera el poseedor de la Vara, aunque falso, pudiera hacer nada para detenerle. Abrió las puertas y tumbó a los dos guardias que las custodiaban y, a pesar de que no había escaleras por las que huir, sólo tuvo que sacudir la escarcha de sus alas. Como si estuviera destinado a no ser retenido. 
                Por primera vez en lo que nadie jamás recordó, un preso despertó y huyó. De tal forma que la Prisión de Hielo dejó de considerarse inexpugnable. 

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